Demarcando la intersección entre economía y medio ambiente

Economics throws light on the meaning of sustainable development because the environment and the economy necessarily interact. Pearce et al: Blueprint for a Green Economy (1989)

En los últimos tiempos se han ido popularizando diversos conceptos relacionados con la interacción de aspectos ambientales y de los recursos naturales con la economía. Dejando a un lado tanto a la existencia de etiquetas forzadas a la hora de diferenciar un producto o servicio, como a los negacionistas de turno (al menos en contextos económicos), sí que es cierto que abundan las definiciones al respecto. Sin pretender, fundamentalmente por limitaciones de espacio, abordar toda la casuística, me voy a centrar en los más relevantes. Comenzando por el término “economía verde”, se empezó a popularizar a raíz de la publicación del Informe Brundtland  (1987) centrado en aspectos como el desarrollo sostenible. Pues bien, a todo el conjunto de herramientas de análisis económico, en conjunción con las políticas correspondientes, relevantes para el desarrollo sostenible se puede calificar como economía verde. En definitiva, esta noción paraguas se puede considerar, al igual que el desarrollo sostenible, multidimensional, pero prestando especial atención a las interacciones entre el medio ambiente y la economía. Con el tiempo se han separado los caminos de la economía verde y del crecimiento verde, y se han llegado a contabilizar 95 definiciones diferentes de lo que constituye la economía verde. Además, muchas de ellas se alejan de la idea de mecanismos de mercado. En definitiva, se trata de un concepto paraguas, que engloba a otros como el de bioeconomía o el de economía circular, y al que se suele encajar dentro de lo que se conoce como sostenibilidad débil (se permite un intercambio entre el capital natural y el capital humano). Por último, a pesar de su indudable relevancia, es preciso señalar que otros conceptos y metas (Acuerdo de París, “net zero”, ODS) la han desplazado del primer plano de la actualidad. 

El segundo término que conviene traer a colación es el de bioeconomía. Aunque ya se ha dedicado entradas a introducir este concepto, tanto a nivel general como vinculado al ámbito forestal, conviene recalcar y recordar algunos aspectos, así como ampliar su perspectiva, dado el dinamismo existente (en la actualidad y en el pasado) para precisar, desde un punto de vista epistemológico, esta idea. Baste decir que Georgescu-Roegen, sin duda un economista pionero y disruptivo, uno de los padres de la Economía Ecológica, ya en el siglo pasado definió a esta disciplina como “Bioeconomics”. Como es ya bien sabido, la bioeconomía sería la parte de la economía que incluye todos los sectores y sistemas que dependen de los recursos biológicos (animales, plantas, microorganismos y biomasa derivada, incluidos los residuos orgánicos), sus funciones y principios. Sin embargo, no siempre ha sido así, ya que en sus albores se centraba en aplicaciones de la biotecnología. Por otro lado, si me he extendido en describir dichos recursos biológicos es porque en la actualidad se habla, al menos, de bioeconomía azul (peces, algas y otros organismos), bioeconomía verde (flora y fauna terrestre), bioeconomía marrón (residuos), y bioeconomía blanca (relacionada con laboratorios, invernaderos, etc.). Con toda esta taxonomía que se acaba de exponer resulta sencillo colegir que la bioeconomía engloba a diversos sectores y múltiples industrias. De hecho, algunos autores ya hace años situaban su importancia en el 6,5% del PIB español. Llegados a este punto, conviene incluir en el análisis algunas cuestiones que muchas veces se ignoran, o se dan por sabidas. La primera, y me centraré en la bioeconomía verde, es que una parte de la misma parte de un recurso no renovable (las tierras de cultivo), con lo que las herramientas económicas y de gestión son necesarias para optimizar la asignación de recursos. Y ya que se mencionan herramientas económicas, conviene resaltar la extraordinaria importancia de la innovación tecnológica en el desarrollo de estos sectores. Para lograr una economía más sostenible, la innovación es una herramienta indispensable. En la evolución del concepto también se suele incluir hoy en día la presencia de otros servicios ecosistémicos distintos de los de provisión, bien sea para aportar valor al producto, o para conservar los existentes. 

El origen del concepto de economía circular no está relacionado con el de bioeconomía. Se atribuye su origen en el campo de la ecología industrial a finales de la década de 1980 con la idea principal de minimizar los residuos mediante la reducción y el reciclaje. Sin embargo, al poco tiempo, prestigiosos economistas como Pearce y Turner ampliaron este concepto al vincular el sistema económico con el sistema industrial y acuñaron la muy extendida acepción de economía circular. No obstante, no son pocos los economistas que vinculan sus orígenes a la corriente económica de los fisiócratas, surgida en Francia en el siglo XVIII, dado que la actividad productiva de referencia (la agricultura) presentaba en aquella época una inherente circularidad. Al igual que en el caso de la bioeconomía, existen en la actualidad numerosas definiciones sobre lo que es la economía circular (más de cien en algunos trabajos). Recogiendo una muy utilizada (Fundación Ellen MacArthur), se trata de una economía que es regenerativa por diseño y que imita a la naturaleza al mejorar y optimizar activamente los sistemas a través de los cuales opera. No obstante, en los últimos años se ha transformado en una perspectiva más amplia, incorporándose a la estrategia y al día a día de la industria y de las empresas. En definitiva, la economía circular se puede considerar un modelo dentro de la economía verde y el cambio que implica (de un modelo económico lineal a uno circular) supone un reto colosal y que parece imposible que se pueda a lograr en el futuro una circularidad perfecta (punto ideal por antonomasia). Por otro lado, quisiera destacar que la circularidad no es exclusiva de actividades que se encuadran dentro de la bioeconomía, sino que se aborda en otros sectores que no tienen que ver con los de origen biológico. Lo que si comparte con la bioeconomía es la importancia de la innovación en el avance de la transición de ese modelo lineal a otro circular.

Sólo restaría comentar la hibridación entre la bioeconomía y la economía circular: la bioeconomía circular. De forma sucinta, se podría definir como la obtención de materiales de origen biológico, y por tanto renovables, en el que se recogen los residuos posteriores al consumo y se reinvierten para su reutilización con el fin de minimizar la generación de residuos. También conviene destacar que esta aproximación suele extender la perspectiva al incorporar elementos asociados al cambio climático, el desarrollo rural o la sostenibilidad. Vista desde otra perspectiva, la bioeconomía circular se suele desgranar en tres principios básicos: el uso de recursos renovables, sublimar el uso en cascada de los materiales (se deben eliminar los residuos manteniendo los recursos de origen biológico en uso durante el mayor tiempo y, al mismo tiempo, utilizar los materiales en su aplicación de mayor valor y, posteriormente, reutilizarlos en aplicaciones de menor valor), y aplicar un diseño regenerativo avanzado (eliminar los procesos y productos que generan residuos, transformando los desechos y residuos biológicos en productos valiosos). Si se quiere, el primer principio asegura la persistencia de los recursos biológicos, el segundo principio fija un grado de resiliencia y de asegurar una producción a largo plazo, mientras que el tercer principio se centra en otra idea económica: la eficiencia en este tipo de productos. Obviamente, no resulta muy complicado enunciar dichos principios, pero su aplicación operativa no está exenta de múltiples dificultades operativas. Por poner un ejemplo de actualidad, cuando escucho noticias sobre cambios de uso de un suelo agrícola a otro destinado a la producción fotovoltaica siempre me viene a la cabeza el segundo principio anteriormente comentado.

También quisiera recalcar que nos encontramos ante entornos extraordinariamente dinámicos y que, simultáneamente, no se dispone de un corpus de métricas o indicadores universalmente aceptadas para estimar la transición de una economía lineal a otra circular. Además de este hándicap, medidas estándar de un análisis de proyectos no tienen por qué captar todos los atributos asociados a un proyecto de bioeconomía circular. Por poner un ejemplo elemental: ¿resulta idóneo en todos los casos aplicar la idea de valor actual neto? ¿cuál sería la tasa de descuento a considerar? Por último, quisiera acabar esta entrada resaltando las relaciones entre economía verde, bioeconomía y economía circular recomendando un artículo del que me he permitido la licencia de extraer la imagen que sigue a continuación. 

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