La Necesaria Convergencia

Si se compara la agricultura con los montes se ve que coinciden en muchos puntos, pero que difieren esencialmente en otros. L. Olazábal (1863), Ordenación y Valoración de Montes

Ya en otras entradas he abogado por una mayor desarrollo de lo que tradicionalmente se ha conocido como lo agrario mediante una integración más eficiente de lo forestal y lo agrícola y lo ganadero. No ya sólo desde el punto de vista administrativo (estadísticas o encaje común en una misma área de trabajo), sino a través del fomento de actividades híbridas como la agroforestería y conceptos similares. Existen ejemplos y razones de peso, desde los árboles fuera del bosque, a ciertos productos forestales no maderables comestibles u otros servicios ecosistémicos que, según la fuente utilizada, se pueden encajar en los dos ámbitos. Por otro lado, aunque no veo que sea del todo ni siempre reconocido, los servicios ecosistémicos ofertados en los sistemas forestales pueden, fácilmente, exceder espacialmente al terreno forestal considerado. Lo que antes se llamaban externalidades positivas, y que habitualmente habían sido reconocidas por el lado agrícola, hoy en día se convierten en elementos fundamentales para asegurar la persistencia y la sostenibilidad en diferentes opciones agrícolas a lo largo del mundo. Aprovechando la reciente publicación de un muy recomendable libro editado por la FAO, y cuya portada se adjunta a continuación, voy a dedicar esta entrada a insistir en la sublimación de lo agrario mediante la necesaria convergencia de lo forestal con lo agrícola y ganadero. 

Llama la atención que esta publicación exponga con tanta claridad y ahínco la importancia de los sistemas forestales, observados desde una óptica agrícola. A lo largo de sus siete capítulos se desgranan la importancia de los sistemas forestales (los desagregan en bosques y árboles, refiriéndose a la idea de árboles fuera del bosque), desde un punto de vista actual, con muchos ejemplos y apoyados en abundante literatura. De forma muy sucinta, se habla de la importancia de los sistemas forestales en aspectos como el ciclo del agua, la contribución a otros servicios ecosistémicos de regulación (polinización, control de la erosión, fertilización del suelo, etc.), de su necesidad si se nos centramos en aspectos como la productividad y la resiliencia, así como su importancia para los trabajadores de tierras rurales (aunque sólo centrado en zonas tropicales). Se finaliza con un capítulo muy interesante centrado en promover iniciativas que sirvan para promover los servicios ecosistémicos en la agricultura. Por otro lado, aunque se señalan con profusión las sinergias entre ambas esferas, también se introduce de forma muy atinada la idea de intercambios (“trade-offs”) para señalar que, en ocasiones, los sistemas forestales también pueden causar “disservices” a las tierras agrícolas. 

Debo reconocer que me he sentido muy próximo a varias de las ideas fuerza que los autores lanzan y justifican en esta publicación, como se puede apreciar en algunos links de anteriores entradas a este blog que van a jalonar los próximos párrafos. Por un lado, se incide en la importancia de la gestión forestal como un vector fundamental para cumplir algunos retos que tiene planteados la agricultura. Así, se reconoce la importancia de la gestión forestal no sólo en su propio campo, sino más allá, desde un prisma que tiene que ver con todo lo rural. En concreto, se reconoce su importancia en aspectos como la seguridad alimentaria, la salud pública y la resiliencia climática. Todo lo que sea mejorar las masas forestales a través de la gestión, del uso sostenible o de la restauración son acciones que mejoran la agricultura, al menos a largo plazo. 

La segunda idea que se repite en varias ocasiones es en la necesidad de disponer de valoraciones de los servicios ecosistémicos asociados a los sistemas forestales. Se afirma textualmente que los estos valores se mantienen invisibles dentro de los sistemas de contabilidad al uso. En definitiva, existe un déficit en estas valoraciones y que sería muy necesario incorporarlas a aspectos como los servicios ecosistémicos forestales relacionados con el agua, o con la polinización. Se afirma claramente que es complicado obtener un valor económico de este servicio ecosistémico, aunque se proporcionan cifras astronómicas al respecto. Al hilo de la polinización, y uniéndola a la producción de miel, cabe recordar que no está claro del todo dónde se sitúan (agrícola o forestal) estos servicios ecosistémicos. Cuando un alumno me pregunta esto, siempre aporto la misma respuesta: en lo rural. En definitiva, incentivar y obtener estas valoraciones permitiría, por un lado, acelerar un mejor encaje de los servicios ecosistémicos en la gestión forestal y, por otro lado, facilitar la integración entre lo forestal y lo agrícola. 

La tercera idea que destaco tiene que ver con la importancia de una planificación a una escala más agregada que la habitualmente se observa en la gestión forestal. Se puede llamar paisajística, o, como se nombra en otros países, a nivel ecosistema, pero con la idea de que no sea sólo forestal. Se requiere una planificación integrada en el tiempo y en el espacio de los diferentes usos de la tierra (actuales y futuros) que considere los valores económicos asociados a los diferentes servicios ecosistémicos. Por ilustrar esta idea con un ejemplo, a raíz de la desgraciada temporada de incendios reciente, muchos expertos han propuesto la existencia de mosaicos no forestales que permitan mitigar el avance de las llamas. Esta realidad nos llevaría a un conjunto inicial de preguntas: ¿quién, cómo y dónde se diseñan esos mosaicos? ¿sólo se consideran los existentes en terrenos forestales? ¿cómo se incentivarían?, etc. Las respuestas se podrían dar al nivel de planificación que acabo de comentar y que no veo en la actualidad que se aplique con mucho denuedo en España. 

Como he comentado anteriormente, en esta publicación de la FAO se hace hincapié en la influencia espacial de diversos servicios ecosistémicos forestales. Es decir que no sólo los beneficios se aprecian a nivel monte, sino en los alrededores o hasta en perímetros mucho más amplios, que exceden centenares de kilómetros. Pues bien, este hecho es una razón de más para obtener una valoración correcta de dichos servicios ecosistémicos. Vuelvo a reivindicar la idea de medir lo que en su momento denominé huella forestal, como vehículo para dotar de recursos a las zonas rurales donde se hallan estos sistemas forestales. Y, lógicamente, estas medidas podrían aliviar la situación de despoblación en estas zonas. Los ejemplos son muy abundantes y son objeto de interés desde hace tiempo en la literatura científica. Todo ello permite avanzar en lo necesario que resulta una mayor integración de estas disciplinas. Y aquí no estoy pensando en órganos administrativos ni en quién es el pez grande y quién es el pez chico. Eso sí, hay dos ideas recurrentes que he manifestado en otras ocasiones. La primera es que los forestales tienen que abrir más los codos y competir en otros ámbitos cercanos con el mismo ahínco y determinación que lo hacen en el suyo (y que, afortunadamente, creo que año a año veo ejemplos nuevos en esta línea, sobre todo observando las trayectorias laborales de algunos egresados recientes). La segunda es que el medio rural no debe desagregarse por criterios espurios y/o funcionariales. Hay más aspectos que los unen que los separa, e incluso creo que tendría salida una hipotética titulación que abarcara materias de todo el ámbito agrario. Si hay ingenieros del medio natural, también podrían tener cabida en el mercado ingenieros del medio rural y de los servicios ecosistémicos asociados. 

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