“Everybody loves a tree and hates a businessman” (Samuelson, 1976)
A pesar de que el seminal libro de Von Carlowitz (1713) se llamaba “Sylvicultura Oeconomica”, tengo la percepción de que las relaciones entre la selvicultura y la economía no siempre se han destacado de una manera clara, máxime en el contexto actual donde las fronteras entre distintas disciplinas interdependientes y vinculadas a la gestión forestal se están difuminando. Por otro lado, algunos han visto esta relación desde posturas antagónicas o señalando la existencia de un supuesto y perenne conflicto entre ambas. En los siguientes párrafos voy a profundizar someramente sobre esta relación, pero partiendo de alguna premisa fundamental. La primera es que, como se afirma en muchos textos, la selvicultura depende tanto del conocimiento como del criterio (“es tanto una ciencia como un arte”), todo ello encuadrado en unos límites biológicos y ecológicos, pero con unas decisiones moldeadas por la realidad económica. Además, no conviene olvidar la constante reivindicación de la idea de multifuncionalidad asociada a los diversos servicios ecosistémicos vinculados a los sistemas forestales.

La selvicultura debería estar supeditada explícitamente a una planificación forestal donde la programación de las distintas actuaciones futuras debe contemplar, directa o indirectamente, el análisis de la situación actual, los objetivos de la propiedad y la realidad económica existente en ese monte. En esta línea, hay ejemplos claros que muestran la relación directa existente entre la intensidad de la selvicultura con la calidad de estación y/o el precio final de la madera. Así, si se piensa en un objetivo de producir madera, se justifican diversas actuaciones con el fin de alcanzar unas trozas con unos atributos que les permitan obtener unos precios mucho más elevados que en ausencia de dichas prácticas. Dicho de otra forma, en algunos contextos, el precio de la madera condiciona la inversión en selvicultura. No obstante, este ejemplo no debe servir para concluir que sólo debe formalizarse la selvicultura si existe una rentabilidad comercial evidente derivada de los bienes y servicios asociados a ese sistema forestal. En general, el nivel de inversión y la intensidad de la selvicultura aplicada en un territorio debe estar modulado por la opinión de la propiedad, frecuentemente obviada. A veces no se realizan a su debido tiempo intervenciones muy necesarias a largo plazo por falta de fondos, lo que conlleva a retrasos donde el coste se pueda mitigar o compensar por el rendimiento de ciertas operaciones. Aquí alguien puede ver un cierto conflicto entre objetivos económicos y selvícolas, pero es necesario matizar esta realidad. Por un lado, el plan de gestión forestal ya debiera haber contemplado esta situación y, además, se parte de una situación no deseada en la que no se conocen los valores económicos asociados a diferentes servicios ecosistémicos diferentes de los de provisión. Es decir, esos sistemas forestales podrían proporcionar otros servicios ecosistémicos cuyo valor supere al valor comercial de la madera, por poner un ejemplo. El conocimiento de dichos valores sí que pudiera justificar de una manera más directa y relevante acometer (o no) las actividades selvícolas que se consideren necesarias.
Desde un punto de vista más aplicado, y teniendo en cuenta las preferencias de la propiedad, las alternativas selvícolas pueden estar encaminadas a reducir el tiempo necesario para conseguir los objetivos inicialmente previstos, por ejemplo optimizando el crecimiento de las masas, así como para proporcionar un conjunto de opciones que puedan ayudar a mejorar los servicios ecosistémicos esperados si los comparamos con la opción de no gestión. En definitiva, deberían proporcionar el mejor conjunto de diferentes servicios ecosistémicos, al menor coste posible. Otro ejemplo muy claro de la estrecha relación entre ambas disciplinas serían los modelos básicos que predicen el desarrollo de una plantación regular. Las fases en el desarrollo son equivalentes a las que se definen en economía cuando se habla de la teoría de la producción (sería una función de producción clásica), y ello cristaliza en la idea del turno de máxima renta en especie que presenta un dual muy conocido en la teoría microeconómica: sería el punto donde la productividad marginal (crecimiento corriente) es máxima o donde se intersecan la productividad marginal (crecimiento corriente) con la productividad media (crecimiento medio). Y conviene retomar un poco la idea anteriormente apuntada que los límites entre las disciplinas se van difuminando porque la idea del turno forestal económicamente óptimo trasciende a lo que encajaría dentro de la selvicultura.

Por otro lado, al incrementarse la demanda de diferentes servicios ecosistémicos, resulta necesario que la gestión forestal integre los diferentes usos que pueden entrar en conflicto tanto en el tiempo como en el espacio. Poniendo un ejemplo sencillo, si se asume que la producción de madera es el servicio ecosistémico de provisión más requerido por la propiedad, habría que buscar en cierta forma una compatibilidad con los otros servicios ecosistémicos considerados. Esa compatibilidad se puede alcanzar a través de ciertas acciones selvícolas, pero en este concepto subyace también una idea económica: el conjunto de posibilidades de producción, y su concreción en la idea de producción conjunta. Trasladando esta idea al lenguaje forestal, sería la capacidad de una tierra forestal con respecto a un conjunto diverso de servicios ecosistémicos. Si el conjunto está vacío, no existen combinaciones selvícolas y de gestión viables para considerar los servicios ecosistémicos inicialmente previstos (conflicto máximo entre ellos). Cuanto mayor sea el conjunto de combinaciones posibles de actividades selvícolas con relación a dichos servicios ecosistémicos, más compatibles serían, lo que a priori beneficiaría a la propiedad, ya que se dotaría de una mayor flexibilidad a la gestión forestal.
Si se piensa en diferentes decisiones asociadas a la forestación/repoblación forestal, también es habitual que aparezcan solapados diversos conceptos económicos. Desde el número de plántulas que se deben producir en un vivero para lograr ciertas economías de escala y asegurar su viabilidad hasta una idea muy importante, y que habitualmente se olvida cuando se valora una nueva forestación: la introducción del cambio tecnológico a través de nuevas semillas, plántulas, etc. Además, cuando se apuesta por material de regeneración mejorado, los cambios previstos en, al menos, la productividad de los terrenos forestales pueden dar lugar a modificaciones en las prácticas selvícolas, pero no sólo en estas nuevas plantaciones, sino en rodales ya existentes. En definitiva, la innovación es uno de los pilares del crecimiento económico y debe estar continuamente integrado en la toma de decisiones selvícolas. No sólo ya a nivel de las nuevas plantaciones, sino en todas las fases del desarrollo de las masas. Es fácil pensar que incluso adquiere más importancia en contextos actuales de multifuncionalidad de servicios ecosistémicos y de cambio climático. Y si se habla de las diferentes fases de desarrollo (clases naturales de edad) en un contexto de servicios ecosistémicos de provisión, las decisiones que se toman en cuanto a delimitar la densidad y el espaciamiento de los árboles conlleva habitualmente no sólo consideraciones biológicas, sino también económicas, con el fin de concentrar el crecimiento en un cierto número de árboles y que maximicen la oferta de dichos servicios ecosistémicos.
Otro principio básico en las ciencias económicas es el de eficiencia. Este concepto presenta varias acepciones. La más intuitiva sería la de utilizar la menor cantidad posible de inputs para conseguir los outputs deseados, pero también se debe hablar de eficiencia técnica, que se refiere al uso óptimo de la tecnología existente alcanzar una oferta de determinados outputs, con unos atributos determinados, a partir de una cantidad dada de inputs. Esta idea constituye el punto de partida para justificar posibles alternativas selvícolas que, bien moduladas, podrían ser a priori justificables en ciertos contextos. Me estoy refiriendo a las cortas a hecho, ya que presenta ventajas vinculadas a esta idea de eficiencia: permite un uso intensivo de maquinaria forestal, reduce costes de mano de obra y otros costes operativos, se obtienen productos con un grado de homogeneidad apreciable, facilita la preparación del terreno para la posterior plantación, etc. Profundizando en este caso concreto (en ningún caso pretendo trasladar la idea que sea el único método a aplicar para el caso de las cortas finales), como ocurre en cualquier otro ámbito, las decisiones económicas están interrelacionadas. Así, ya se conocen casos donde se justifica económicamente modificar de un turno al siguiente las intervenciones selvícolas (espaciamiento, claras, etc.) dependiendo de la inclusión de otros servicios ecosistémicos (agua, carbono, etc.). En definitiva, estos ejemplos vuelven a justificar decisiones selvícolas atendiendo no sólo a criterios biológicos.

Lo hasta ahora expuesto también intenta rebatir en cierta forma una comparación muy simplista y que se centra en afirmar la equivalencia entre selvicultura y la agronomía, en el sentido que ambas se ocupan de los detalles técnicos de ambas producciones (forestal y agronómica). Si bien no admite discusión que ambas son ciencias aplicadas, la inclusión de diferentes servicios ecosistémicos y los horizontes espacial y temporal hacen que se puedan diferenciar claramente. Por otro lado, las bases económicas pueden ser más amplias en el lado de la selvicultura. También resulta pertinente añadir que la plena incorporación de los conceptos económicos otorga a la selvicultura una pátina indeleble de sostenibilidad, en el sentido que a través de las actuaciones previstas se pueden equilibrar objetivos económicos, ecológicos y sociales, lo que garantizaría una gestión forestal sostenible. Como bien ha afirmado recientemente Gregorio Montero, la selvicultura es una ciencia que garantiza la sostenibilidad. También se puede destacar otra analogía existente entre ambas disciplinas: si habitualmente se desdeñan las habilidades de los economistas en el sentido de que son incapaces de predecir el futuro, sí que es cierto que los selvicultores también deben de hacer un ejercicio para predecir la evolución de las masas atendiendo a múltiples factores: la intensidad de gestión, los servicios ecosistémicos esperados, tanto en cantidad como en calidad, la incidencia de perturbaciones, escenarios de cambio climático, etc., y muchas veces las distribuciones de probabilidad de ciertos eventos son más desfavorables por el lado de la evolución de la masa forestal. El objetivo de la selvicultura es predecir lo que ocurrirá en la unidad de manejo en función de la información del pasado y del esfuerzo selvícola previsto. En cierto sentido, las predicciones de ciertos agentes económicos van por esa dirección, y resulta interesante reivindicar este ejercicio de mirar al futuro y realizar una planificación forestal en consecuencia, cuando a algunos sólo les interesa mirar al pasado para justificar escenarios utópicos y alejados de las evidencias históricas.
Por último, no creo que se puede afirmar, como sostienen algunos economistas forestales, que la selvicultura no es más que una sucesión de inversiones en un terreno forestal, a pesar del título que me he inventado para esta entrada del blog. Pero tampoco es una ciencia biológica sin relación alguna con la economía. La idea es que, en cada caso, se debe ponderar el beneficio futuro de los servicios ecosistémicos considerados según las preferencias de la propiedad con el esfuerzo o intensidad selvícola aplicada. Y este esfuerzo puede proceder tanto de manos privadas como de incentivos públicos. La respuesta a este reto varía casi a nivel de cada unidad de manejo, cambia con el tiempo y según se modifican condiciones macroeconómicas y el precio/valor de ciertos servicios ecosistémicos. En definitiva, elegir el esfuerzo selvícola adecuado en cada caso no se trata simplemente de un problema tecnológico sujeto a elegir la mejor alternativa sujeta a un único criterio , sino de un problema claramente económico y, por lo tanto, de carácter multicriterio.



