“Los defensores de los mercados para los servicios ambientales van más lejos, sostienen que en la mayoría de los casos, aquellos que proveen estos servicios (principalmente usuarios rurales) son más pobres que los beneficiarios o consumidores de servicios ambientales”. Pagiola et al. (2006)
Es bien conocido que los sistemas forestales proporcionan múltiples servicios ecosistémicos, de diferente naturaleza, en distintas proporciones, modulados casi siempre por la gestión que se realiza y donde numerosas restricciones constriñen una visión armónica de esta realidad. Además, desde el lado de la demanda se percibe un dispar grado de conocimiento de los usuarios finales de dichos servicios ecosistémicos presentes en los montes, notándose en demasía mucha falta de educación ambiental sobre cómo se originan y por qué pueden disfrutar de los mismos. Sin embargo, en los últimos años esta composición sencilla: propietarios, gestores, usuarios… se ha complicado con la llegada de otros agentes económicos o, lo que es lo mismo, la cadena de valor de ciertos servicios ecosistémicos resulta hoy en día mucho más prolija que hace unos pocos lustros. Teniendo esto en mente en esta entrada voy a realizar unos breves comentarios sobre los diferentes mecanismos de mercado que nos permiten disfrutar de ciertos servicios ecosistémicos, dejando a un lado los de algunos de provisión porque son bastante evidentes (p. ej., la madera).

Desde un punto de vista teórico, los mercados se deben ver como mecanismos de asignación de recursos. Es decir, un lugar común donde se pueden encontrar la oferta y la demanda de estos bienes y servicios produciendo su interacción soluciones paretianas al caso anterior (si no existieran dichos mercados). Se pretende que sean eficientes, confiables y transparentes, pero estas cualidades muchas veces constituyen simplemente un punto ideal y, como tal, inalcanzable. Sin embargo, ello no oculta que la otra opción (que alguien asignara caprichosamente la cantidad o el precio de los recursos) sería mucho más ineficiente y sesgada. Por otro lado, es preciso recordar que todo lo que constituye el capital natural llega hasta nosotros mediante unos vectores (los servicios ecosistémicos) que ya interactúan con las otras formas de capital (humano, social, construido) para que podamos disfrutarlo. Ello permite señalar que cierta lógica del mercado subyace en esta interacción, por lo que aspectos relacionados con el mismo ya están presentes sin que apenas nos demos cuenta. En esta línea, no debemos olvidar que, además, el mercado genera conocimiento de dichos bienes y servicios.
Paralelamente, es preciso recordar que en las últimas décadas se ha producido un formidable avance de una disciplina que se engloba dentro de la Economía, la Economía de los Recursos Ambientales, por ejemplo en aspectos como la propia valoración económica de dichos bienes. Esta circunstancia debe resaltarse porque resulta mucho más complicado hablar de mercados de servicios ecosistémicos que de bienes de consumo, entre otras muchas razones porque algunos de dichos servicios son ejemplos de lo que en economía se denominan bienes públicos, con sus características intrínsecas (acceso libre, disfrute colectivo, no rivalidad, etc.) y, hasta ahora, generalmente no se han transaccionado en mercados, lo que complica su análisis. Todo lo hasta ahora comentado ha cristalizado en una corriente mayoritaria que aboga por introducir mecanismos de mercado para, entre otros motivos, valorar y, posteriormente, ayudar en la gestión de estos servicios ecosistémicos. Aquí resulta importante resaltar el plural: no existe una solución única para todos ellos, ni, por ejemplo, todos los países (recuerdo lo de bienes públicos) apuestan por la misma solución. En definitiva, de la misma forma que en los sistemas forestales se produce un maravilloso sincretismo con relación a la oferta de servicios ecosistémicos, lo que conduce a no fomentar la idea, sin más, de reducir el análisis de dicha oferta a uno de ellos, siendo últimamente la captura de carbono un buen ejemplo al respecto. Ni tampoco, en esta línea, a utilizar un único mecanismo de mercado para dotar de visibilidad a un amplio conjunto de servicios ecosistémicos.
Por otro lado, existe una panoplia de instrumentos de mercado para estos fines. Unos bien conocidos son los impuestos ambientales, que tienen por misión corregir fallos de mercado ocasionados, por ejemplo, por una emisión inadecuada de elementos contaminantes por parte de una industria. Sin embargo, resulta menos conocido que este mecanismo también se emplea para proteger ciertos sistemas forestales. Así, al igual que en otras zonas de Norteamérica, en Japón se ha diseñado recientemente un impuesto de estas características a nivel nacional para conservar y restaurar una cifra significativa de superficie forestal, centrándose no sólo en el carbono, sino en diversos servicios ecosistémicos, aunque parece que se valoran más los relacionados con el suelo y el agua. Nótese que, a diferencia de latitudes mucho más próximas, es un impuesto finalista.
Otra solución de mercado para promover una cierta oferta de servicios ecosistémicos sería utilizando cabal y racionalmente ciertas subvenciones. Un caso bien fácil de entender sería compensar a los legítimos propietarios de un terreno forestal para que variaran su plan de gestión inicial con el fin de fomentar otros servicios ecosistémicos. A cambio de esta variación, podrían recibir unas rentas anuales. Esto ya se hace en diferentes Comunidades Autónomas, aunque en muchas ocasiones no se está aplicando esta solución en zonas donde realmente se producen ciertos conflictos y podría ser de utilidad. Por desgracia, muchas veces la cadena se rompe por el eslabón más débil, y el propietario suele encajar en esta premisa. En suma, es bueno insistir en que estos mecanismos se dirigen a la propiedad, no a organizaciones afines o cercanas al poder que se atribuyen capacidades tanto de gestión como casi de un uso exclusivo de algunos predios.
El otro mecanismo, y quizá el más popular hoy en día, sería la compraventa de permisos, que incluiría a permisos o créditos en mercados regulados (los proyectos de absorción en España), en mercados voluntarios (estándares internacionales tipo VERRA, Gold Standard, etc.) o los pagos por servicios ambientales. Dada las necesidades que se han creado, por un lado de reducción de emisiones de CO2, y, por otro lado, de incorporar aspectos ambientales a ciertas normativas empresariales (por ejemplo, el tema de los ESG), se está produciendo en los últimos años un vertiginoso ascenso de estas soluciones centradas sobre todo en dos servicios ecosistémicos: la captura de carbono y, a mucha mayor distancia, la conservación de la biodiversidad. Esto resulta lógico hasta cierto punto, porque mientras que una unidad de CO2e resulta algo muy alejado para nosotros, pero perfectamente cuantificable, una unidad de biodiversidad es algo más cercano pero mucho menos normalizado, lo que complica su intercambio en los mercados. Por otro lado, resulta llamativo que otros servicios ecosistémicos, como pueden ser los relacionados con el agua, no presentan tanto predicamento en mercados ambientales, si los comparamos, por ejemplo, con los sistemas agrícolas. Estos sistemas de mercado conllevan diferentes variantes y aquí se muestra con toda claridad el aumento de las cadenas de valor anteriormente comentado: hay certificadores, verificadores, auditores, otros intermediarios… es decir, la palabra “servicio” que se antepone a “ecosistémico” se vincula claramente a lo que es un mercado de servicios frente a mercados más propios de productos de la naturaleza. En esta línea, quisiera resaltar el papel de los pagos por servicios ambientales, figura con muchas variantes en cuanto a la tipología de actores que intervienen en el proceso y, a diferencia de otros países, no muy extendida en España.
Ninguno de los instrumentos anteriormente comentados constituye una panacea o una garantía de éxito per se. Y, como la inmensa mayoría de soluciones de mercado, no implica que no se produzcan problemas, o que no funcione, como se esperaría a priori, según los atributos que debe poseer un mercado en competencia perfecta. Por otro lado, cada caso en concreto requerirá una determinada solución en función de diversos condicionantes: al igual que en problemas de gestión forestal, no hay recetas mágicas y extrapolables a todas las situaciones. Además, hay que insistir en que no estamos hablando de bienes de consumo sino en muchas ocasiones de externalidades positivas, con todo lo que ello conlleva. Así, abunda la asimetría (falta de información), a veces no se conoce a fondo lo que se intercambia, y donde a veces los costes de transacción a menudo se obvian en el análisis (los mercados voluntarios de carbono son un buen ejemplo de ello). A pesar de todo, creo que hay que intentar mitigar los pecados de juventud inherentes a estos mercados y seguir apostando por ellos, a pesar de ciertas críticas. Un ejemplo reciente, y muy interesante, sería la propuesta de créditos climáticos forestales desarrollada en Cataluña. En definitiva, cualquiera de estas soluciones anteriormente citadas son, como he comentado anteriormente, mejores que las derivadas de una asignación unilateral de cantidades o precios de un determinado servicio ecosistémico. Y esa asignación es lo que pretenden algunos, y que, obviamente, se oponen a estas soluciones de mercado aduciendo, a mi juicio erróneamente, eslóganes como que se “mercantiliza” la naturaleza. En fin, cosas del hosco neocolonialismo capitalino.



