“Malos Servicios” (Disservices)

For valuing forest ecosystem services and disservices, economic valuation techniques have been used”: Ninan & Kontoleon (2016)

Cuando se habla de servicios ecosistémicos, en los últimos tiempos no resulta infrecuente leer trabajos donde se refieren a lo que en la literatura inglesa se denomina “disservice”. Es decir, perjuicios o externalidades negativas causadas por promover, si estamos en un contexto forestal, alguna actuación, o por simplemente justificar acciones a favor de cierto servicio ecosistémico pero que conllevan problemas con relación a otro o, incluso, impactar en el bienestar de la población. Un ejemplo muy claro de lo que estoy hablando ha sido la aparición en zonas de China de problemas de alergias en la población motivados por la elección de especies en el proyecto de forestación estrella de su gobierno. La idea inicial, que parecía perfecta de antemano, era combatir la expansión de la erosión mediante cubierta arbórea, se ha topado con efectos no deseados, como lo constituye la proliferación de alergias respiratorias, un caso de “mal servicio” de manual. Por cierto, la traducción literal de esta expresión (“deservicio”) se ha utilizado en tanto en obras seminales de la Economía del Bienestar como en otros ámbitos (análisis de inversiones) con un enfoque parecido, pero no parece correcto su uso viendo el significado que se incluye en la actualidad en el Diccionario de la Lengua Española. Por ello, creo que se debería obviar este término mientras no se incluya una nueva acepción en el citado diccionario. 

La idea inicial que quisiera mostrar es que, a veces, no sólo hay que hablar de servicios ecosistémicos, o paradigmas en muchos casos de lo que se conoce como externalidades positivas, sino también de externalidades negativas asociadas a dichos servicios. Aunque no abundan muchas clasificaciones al respecto, a efectos ilustrativos se puede resumir que existen en la literatura tipologías muy claras donde se producen este tipo de externalidades negativas en entornos arbolados. Por un lado, estarían las asociadas al arbolado urbano y periurbano (además de las citadas alergias se podrían incluir los problemas que pueden causar ciertas especies a infraestructuras o el riesgo de caída de árboles con daños estructurales), pero también se pueden citar otros tipos. Uno sería el asociado a la interacción con animales salvajes, y aquí entrarían varias situaciones problemáticas: desde los accidentes de tráfico hasta la introducción de especies invasoras o el riesgo de picaduras de garrapatas. Incluso hay autores que han recopilado recientemente a nivel mundial las externalidades negativas proporcionadas a la población por aves tan emblemáticas como los búhos y lechuzas. Concluyen que casi todas ellas proceden de supersticiones, pero son difíciles de erradicar. 

Si se revisan aspectos más propios de la gestión forestal, existen también ejemplos notorios. Por ejemplo, cuando se deciden actuaciones que conlleven la transformación de una masa regular a una irregular pueden aparecer problemas asociados con la percepción que tienen los visitantes de la nueva estructura. Así, está documentado que, para algunos, el paisaje se vuelve menos atractivo e incluso induce un miedo atávico.  Otro ejemplo más común sería el diseño de plantaciones forestales con unas densidades iniciales muy altas que puedan causar problemas por un elevado consumo de agua y ello pueda afectar a otros stakeholders. También se habla bastante, y por desgracia, en las últimas semanas de los efectos negativos para la salud humana del humo asociado a los incendios forestales. En definitiva, y sin ánimo de ser exhaustivo, este tipo de externalidades negativas incluyen daños, perjuicios, molestias y otros efectos adversos motivados por ciertos sistemas forestales.

Toda esta lista de posibles externalidades negativas no debe desviarnos de lo que es verdaderamente importante en lo comentado hasta ahora. La primera idea es que las valoraciones de los servicios ecosistémicos debieran ser netas, es decir, computar tanto los servicios ecosistémicos como los potenciales “malos servicios” o las externalidades negativas asociadas en cada caso, y haciendo hincapié en contextos y realidades locales. La segunda idea es que resulta muy interesante e instructivo que cale la idea según la cual la agregación de servicios ecosistémicos no resulta tan sencilla o lineal. No por considerar un número mayor de servicios ecosistémicos va a implicar siempre que el valor total por hectárea se incremente. Es decir, hay trade-offs (en el sentido original del término: intercambios positivos y negativos) entre los servicios ecosistémicos, y esta situación debe manejarla el gestor. Por poner un ejemplo sencillo, se piensa que manejar una masa forestal centrándose en un objetivo principal de captura de carbono va a ser siempre la mejor solución para conservar la biodiversidad. La respuesta a esta afirmación no es tan directa, ya que eso dependerá del punto de partida, de los objetivos de la gestión y de los servicios ecosistémicos que se integren en el análisis. Así, no resulta difícil encontrar artículos científicos donde se demuestra cómo la estrategia óptima para maximizar el carbono en un sistema forestal no proporciona el valor ideal para la conservación de la biodiversidad.  

Y todo ello conlleva a otra conclusión obvia: es el gestor el que debería promover las actuaciones que estime convenientes para, por un lado, maximizar el valor de los servicios ecosistémicos analizados que proporciona el sistema forestal analizado y, por otro lado, minimizar las externalidades negativas asociadas (aunque raramente se han considerado simultáneamente). Se trata de un problema con criterios múltiples, bajo el paraguas de factores dinámicos, acechados por riesgos bióticos y abióticos y donde se debe tener en cuenta la opinión de la propiedad y los stakeholders involucrados. Pues bien, la compleja resolución de este rompecabezas sólo puede proporcionarse desde el punto de vista técnico. Aquí no valen soluciones monocriterio propuestas por acomplejados que piensan que poner una cifra económica a un servicio ecosistémico es como ensuciar o mercantilizar sin remedio un sistema forestal, por cierto ya secularmente antropizado. Por otro lado, no se debe de olvidar que para ejecutar convenientemente esta toma de decisiones hacen falta informaciones asociadas al valor de los diferentes servicios ecosistémicos. La pregunta final es: ¿está dispuesta la Administración a proporcionar estos valores mediante ejercicios solventes desde el punto de vista científico y que puedan desarrollar herramientas válidas para el día a día del gestor? Si la respuesta es negativa, ya saben a lo que estamos abocados: seguiremos hablando, por ejemplo, para categorizar la gravedad de un incendio forestal de métricas (o KPIs) extremadamente avanzadas y rupturistas como puede ser el número de hectáreas quemadas o la suigéneris contabilidad del número de dispositivos y personal empleados, mientras, curiosamente, se mantiene un apagón informativo desde el año 2015 sobre otras informaciones cuantitativas sobre el valor de las hectáreas quemadas en poder del MITERD.  Hablar de bioeconomía forestal, de capital natural, de protección de los bosques y no proponer sistemas para la valoración neta de los servicios ecosistémicos asociados a los mismos es simplemente (y valga la redundancia) humo.

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