Línea base

Increases in wealth, especially unexpected ones, make us happy, but then we are quick to return to our baseline happiness ”. Eric D. Beinhocker: The Origin of Wealth (2006).

Quisiera en esta entrada compartir unas reflexiones sobre un aspecto que está muy vigente en diferentes estructuras, proyectos y certificaciones actuales, pero que, quizá, haya pasado algo inadvertido en el ámbito de la gestión forestal, probablemente debido a que indirectamente siempre se ha tenido en cuenta. Me estoy refiriendo a la especificación recurrente de la línea base (“baseline” en inglés) para poder corroborar la factibilidad de, por ejemplo, diversos proyectos. Esta palabra puede verse de forma aislada o en contextos ya particulares (por ejemplo, línea base ambiental). Como es bien conocido, para poder apostar por el éxito de un proyecto de absorción en un mercado voluntario de carbono se debe presentar una documentación técnica que fije esa línea base sobre la cual se compararán los resultados futuros. No pretendo abordar todas las casuísticas existentes, pero se repite la misma exigencia en otro tipo de soluciones basadas en la naturaleza con relación al cambio climático. Así, también es necesario incluirla en mercados relacionados con créditos a la biodiversidad, o en esquemas de pago por servicios ambientales. Por otro lado, también posee gran importancia en la evaluación de proyectos REDD+, ya que el correcto establecimiento de la línea base de deforestación implica medir los créditos esperados por las medidas asociadas. También en la contabilización del capital natural es necesario fijar esa línea base con el fin de establecer un contexto sobre el cual se evaluarán los cambios que se produzcan en el futuro. El último ejemplo que se me ocurre tiene que ver con la evaluación de la circularidad a diferentes niveles. Las recientes normas ISO que aportan luz sobre el tema recomiendan fijar una línea base a partir de la cual se realizan las mediciones de los indicadores de economía circular propuestos por dicha normativa. 

Si anteriormente he mencionado que este concepto puede haber pasado inadvertido en la práctica habitual de los forestales, es debido a que se tiene en cuenta que el punto de inicio de cualquier proyecto es un dato básico para cualquier cálculo (por ejemplo, económico) y no digamos para cualquier proyecto que se va a ejecutar en el futuro (por ejemplo, una repoblación forestal). Además, resulta preceptivo realizar una fase detallada de análisis con relación a esa situación inicial. Por otro lado, en el ámbito de la gestión forestal, los técnicos saben perfectamente cuándo se inició el proyecto de ordenación y cuándo se han realizado las sucesivas revisiones de éste, con lo que la dimensión temporal está siempre en la toma de decisiones correspondiente, como he insistido en alguna otra ocasión. Sin embargo, otros stakeholders no manifiestan la misma percepción y es habitual leer o escuchar afirmaciones que esconden feroces críticas (por ejemplo, a ciertas plantaciones) sin ni siquiera conocer cuál sería el estado previo a las mismas: es decir, sin conocer su línea base. Y no digamos nada de los que, se inventan una línea de referencia situada en el Holoceno medio o inferior con el fin de, por ejemplo, justificar la reintroducción de una determinada especie animal o, simplemente, invocar una peculiar forma de “rewilding”. 

Por otro lado, si nos encontramos ante situaciones de partida más complicadas, como puede ser un proyecto de restauración, se debe incluir su determinación, como, a modo de ejemplo, indican los estándares de certificación de proyectos de restauración existentes en España. Sin embargo, la determinación de dicha línea no siempre se tiene en cuenta. En efecto, existen posturas más centradas en la funcionalidad de los ecosistemas que argumentan que no tiene sentido hablar de una línea base en un entorno cambiante y de cambio climático que afecta a los sistemas forestales de forma, según ellos, irreversible. Traigo a colación este punto de vista para significar la importancia de, simultáneamente que se acomete un proyecto, tener claros cuáles van a ser los objetivos y cómo se espera que evolucione el caso de estudio considerado una vez finalice el período considerado. Dejando a un lado esta corriente, conviene insistir en que, sobre todo en estos casos, el establecimiento de la línea base no es únicamente un hito temporal (como lo puede ser, a nivel país, el año 1990 para comparar las emisiones de gases de efecto invernadero) sino intentar determinar las condiciones ecológicas del sitio antes de proponer las acciones que se estimen pertinentes. Hay ocasiones que se puede obtener directamente dichas informaciones para fijar esa línea de referencia multidimensional que abarcará las medidas de un conjunto más o menos amplio de indicadores, pero hay otras donde se tienen que estimar por comparación con zonas análogas. O, en último caso, se debe considerar la posibilidad de realizar un estudio adicional para establecer de forma más fidedigna dicha línea de referencia. Finalmente, conviene recordar que es posible que se disponga tanto de informaciones para fijar el nivel de referencia como de otras herramientas que llevan esa denominación. En el caso de proyectos de ordenación de montes los ejemplos más claros serían las tablas de producción o las selviculturas de referencia. 

Otro aspecto a considerar es si se toma un único nivel de referencia, o éste se modifica en el tiempo. En proyectos relacionados con soluciones basadas en la naturaleza, lo suyo es definir una línea y un período de referencia. Cuando finalice dicho período, se recalcula la línea base. Es decir, están vinculados el cálculo de la línea y la duración del período de referencia. Por ejemplo, en proyectos REDD+ se suelen tomar períodos no muy largos (por ejemplo 5 años) y después se recalcula la línea de referencia (asumiendo un descenso en la deforestación), probablemente debido a que los resultados empíricos que mostraban estos datos iniciales estaban excesivamente sobredimensionados. La idea de no tomar períodos muy largos también se recomienda en contextos de economía circular como una forma de mitigar acciones de “greenwashing”. Como es lógico pensar, la decisión de fijar períodos más o menos largos presenta evidentes consecuencias, y se asemeja a la decisión homóloga relativa a la duración del plan especial en los proyectos de ordenación de montes. 

Como epílogo a lo arriba expuesto, me gustaría insistir en la importancia tanto de fijar de forma objetiva dicha línea base, como de la recolección de informaciones suficientes, objetivas y replicables que puedan caracterizar la situación en ese momento inicial, pero que sean pertinentes de acuerdo con los objetivos previstos en el proyecto considerado. Idealmente, estos datos deberían ser de carácter ambiental o forestal, pero también incluyendo indicadores económicos y sociales. Si se nos exige trabajar en entornos claramente orientados en una suerte de “benchmarking” ambiental, se deben justificar correctamente estas decisiones, y siempre bajo un carácter multiobjetivo. En caso contrario, las medidas (de gestión, correctoras, etc.) que se propondrán podrían no ser las óptimas con relación a otros servicios ecosistémicos diferentes a los inicialmente considerados. 

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