Gestión forestal en la Amazonía

Gracias a la tecnología LIDAR se han identificado en la selva amazónica redes de aldeas de muchos siglos de antigüedad cuyo trazado espacial era probablemente una representación física del cosmos amerindio”: Peter Frankopan. La Tierra Transformada. (2024)

Centrándome en la Amazonía brasileña, voy a hacer algunos comentarios sobre la gestión forestal (que la hay, la debe de haber, y la seguirá habiendo) en este territorio, que para algunos sólo es noticia por el lado de los daños ambientales (deforestación, incendios, etc.), y para reclamar que todo ello sea un área alejada de la gestión forestal. Incluso he escuchado propuestas para comprar el territorio y convertirlo en una suerte de parque nacional de ámbito mundial. Por otro lado, conviene recordar que esta Amazonía ocupa una superficie inabarcable (mucho mayor que la superficie de toda la Unión Europea), presentando un interés estratégico para el país y, sobre todo, se caracteriza por ser muy hostil para el hombre, a pesar de que hay gente que sin pisarlo lo reviste de epítetos muy próximos a los que pudiera recibir un parque temático. Y también se debe recordar que en Brasil hay más biomas que el amazónico, algunos con una situación de degradación mucho mayor, aunque en la redacción de algunos reglamentos internacionales (e.g., EUDR) no se haya tenido en cuenta esta realidad. 

Si hablo de gestión es porque resulta muy repetitivo ese discurso frívolo de que la Amazonía es una especie de santuario totalmente alejado de la acción humana y, por ello, no se puede tocar. La reivindicación de la existencia de vastas extensiones de reservas donde se intenta proteger a la población nativa y donde las cortas finales están prohibidas, no debe concluir la prohibición de realizar aprovechamientos forestales en otras zonas bajo planes de manejo convenientemente supervisados. Por otro lado, las zonas protegidas en la Amazonía tienen su razón de ser, además de atributos medioambientales, por la protección de la población nativa. Y es preciso recordar que Brasil, a diferencia de otros países del primer mundo, ha preservado una población indígena en sus zonas originarias. Además, conviene resaltar el hecho que, a diferencia del caso español, en otros países la etiqueta de Parque Nacional no implica, ni mucho menos, la prohibición sistemática de aprovechamientos forestales. En definitiva, el que se puedan realizar cortas finales controladas, con un plan de manejo aprobado es algo positivo para el bioma y totalmente sostenible. O, dicho de otra forma, desarrollando modelos de gestión forestal bien supervisados, el capital natural de este recurso no se verá afectado. Por si alguien no lo ha entendido, esta idea no implica deforestar sin control, ni aplicar técnicas selvícolas similares, por ejemplo, a las que se utilizan en las exitosas plantaciones forestales brasileñas (por cierto, casi siempre externas a este bioma). 

Uno de los problemas para proponer pautas de gestión aceptables en estos territorios pasa por comprender las dinámicas de estos sistemas forestales, y sus diferencias tan notables con la manera de pensar centroeuropea. Así, esta selvicultura tradicional se basaba en unas ideas clave que no se cumplen en estos territorios: son masas irregulares, formando sistemas complejos, en la línea que apuntan autores como Messier et al., con un número de especies inmanejable según las pautas europeas, donde no existen habitualmente modelos de producción para (al menos) las especies principales que se pudieran considerar, donde el concepto de edad es inviable, donde tampoco hay estimaciones de la mortalidad y, sobre todo, donde adivinar cómo se regeneran las especies resulta imposible (me refiero a que, cuando se produce un hueco en el dosel motivado por la corta de uno o pocos pies, no se puede predecir a priori qué especies van constituir la siguiente regeneración). Todo esto suele ser obviado en los libros clásicos de selvicultura, habitualmente centrados en sistemas forestales propios de otras latitudes. Por ilustrar esta exuberante diversidad con un ejemplo que conozco, la densidad de especies como la copaíba (Copaifera spp.) en algunas zonas del estado de Pará es de 0,13 árboles/ha. Aunque estoy hablando de un recurso que no implica la corta del árbol (su resina se conoce como el “antibiótico” de la Amazonía), hay que recorrer 10 hectáreas de promedio para dar con un ejemplar potencialmente productivo, lo que ilustra lo complicada que puede ser una gestión con este árbol como especie primaria o secundaria. 

Sin embargo, la existencia de estas limitaciones no supone que se planteen y ejecuten actuaciones de gestión sensatas y donde se realiza un aprovechamiento ordenado de este recurso. Y cuando digo ordenado me refiero a que existe un proyecto de ordenación o plan de manejo, a que se autorizan previamente las cortas y a que éstas se ejecutan atendiendo a la normativa existente. La normativa vigente, como ya he comentado en otra ocasión, es bastante modélica e intenta conjugar objetivos ambientales, económicos y sociales. Además de dejar la mayoría de la superficie exenta de cortas, los económicos se refiere tanto a la madera como a otros productos forestales no maderables. Es preciso recordar que la madera ha sido un recurso tradicional para las poblaciones locales. Si se prohíbe completamente es fácil pensar que el furtivismo se va a incrementar, como ha pasado recientemente en algunas zonas. El tema social se vincula a manejos de tipo comunitario. En definitiva, habitualmente estamos hablando de pocos metros cúbicos por hectárea (frecuentemente menos de 40, concentrados en pocos árboles) y con ciclos (una suerte de períodos de entresaca) entre 20 y 30 años. Sin embargo, según algunos autores, esta gestión debe ser completada con otras acciones (restauración zonas degradadas, plantaciones, etc.) si se pretende llegar a cubrir la demanda existente de estos productos. Por otro lado, aunque no he conseguido actualizar el dato, ya en 2018 la superficie forestal en la Amazonía con una gestión certificada por FSC era de 1,5 millones de hectáreas. Cifra muy exigua si se compara con la superficie total del bioma, pero, a mi juicio, significativa porque se está admitiendo implícitamente que la “no gestión” en todo el territorio no es la mejor alternativa. 

Asimismo, estudios recientes ya están analizando el impacto de estas extracciones exiguas de árboles en la regeneración futura de la masa. Utilizando técnicas de aprovechamiento que minimizan los daños a otros árboles (“reduced impact logging”), los resultados muestran que el impacto es muy reducido. Ello supone admitir la sostenibilidad del manejo, ya con datos empíricos que lo corroboran. Todo lo dicho hasta ahora no pretende enmascarar los problemas existentes en la Amazonía: deforestación ilegal, incendios, malas prácticas en cuanto a que no se están restaurando convenientemente zonas deforestadas, etc. Sin embargo, toda esta problemática situación no debería utilizarse para concluir que la solución es prohibir, de un modo tajante, las cortas finales en esta región. La gestión forestal debe ser vista como una aliada de las medidas de conservación ya adoptadas en estas zonas, y garante de su sostenibilidad presente y futura.

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