«los bosques existentes están cada vez más expuestos a una avalancha de nuevos factores de estrés —especies invasoras, lombrices exóticas y contaminantes atmosféricos—, la gestión pasiva podría dar lugar a ecosistemas empobrecidos sometidos a un estrés crónico«: A.M. Barton & W.S. Keeton. Ecology and Recovery of Eastern Old-Growth Forests (2018)
Voy a referirme en esta entrada a un concepto polisémico, relacionado con la gestión forestal y que se conoce como “gestión pasiva” (“passive management”), y no me refiero a estrategias de inversión en activos financieros. Es posible, como todos los docentes, que tengamos un cierto sesgo a la hora de leer trabajos recientes, o a fijarnos en algunos aspectos de esas publicaciones, pero el hecho es que tengo la sensación de que en los últimos meses se han incrementado el número de trabajos aludiendo a esa gestión pasiva, y desde diferentes puntos de vista. Dicho lo cual, lo primero que me interesa resaltar, es que constituye un adjetivo al sustantivo gestión: es, en todo caso, una forma de gestión forestal, no una forma de “no gestión”. Insisto en ceñirme al ámbito forestal porque es común emplear esta palabra en proyectos de restauración, donde una gestión pasiva se suele calificar como la (casi siempre) más efectiva y la más económica, y aquí puede abarcar otros sistemas que no sean los forestales (las áreas marinas constituyen un ejemplo muy apropiado). Dicha gestión se asemeja a la regeneración natural y ese es un principio seminal de la ordenación de montes, por lo que para mí no resulta descabellado, por esta y por otras razones, caracterizar una restauración forestal como un caso particular de un proyecto de ordenación forestal.

Sin embargo, se está empezando a vincular una gestión pasiva a otros conceptos que se intentan imponer como la renaturalización (“rewilding”) con vías, por ejemplo, de conseguir una utópica sucesión natural en un terreno abandonado y donde se intenta borrar al ser humano y, por supuesto, otros servicios ecosistémicos: sólo interesa la conservación de la biodiversidad. Como es lógico pensar, este tipo de gestión monobjetivo contradice principios básicos de la planificación forestal (el uso múltiple). Pero, además algunos se intentan apropiar de la idea que antes he aludido (la regeneración natural) cuando, desde hace siglos, el principal empeño de los forestales ha sido sublimarla, atendiendo, como es natural, a los legítimos objetivos de la propiedad. Y, por supuesto, en general, la regeneración natural era un medio para lograr esa gestión requerida. No se veía como un fin para justificar un tipo de “no gestión”. La única excepción a esta idea serían ciertas zonas de reserva bien acotadas y justificadas y, aun así, no se excluía o se excluye en muchos casos la acción del hombre en su gestión. Por último, todo ello debería estar bajo el paraguas de una gestión activa a nivel paisaje y que contemple, ya no sólo otros servicios ecosistémicos, sino aspectos que no veo en ciertas propuestas de manejo pasivo: la gestión de incendios o problemas futuros derivados del cambio climático.
Por otro lado, parece sensato que, en ocasiones, se intente adjetivar un tipo de gestión contrapuesta a lo que sería una gestión activa (“active management”). Esta gestión pasiva se diferenciaría en que, por ejemplo, la selvicultura se orienta a conseguir esa regeneración natural y poco más, frente a otras opciones, más dinámicas, que incluyen desde una regeneración artificial con mejora genética, fertilización, quemas prescritas, etc. Es decir, el adjetivo pasiva se corresponde a una gradación de la intensidad del manejo, sin más derivaciones o, como mucho, a la idea de no explorar nuevas alternativas de gestión plausibles en el caso de estudio. Además, mientras los libros de gestión forestal clásicos apenas contemplan esta acepción, sí que aparece en otros libros forestales más orientados a la política forestal. Así, si un propietario forestal no realiza gestión, o esta es muy escasa (lo que ocurre en miles y miles de hectáreas de nuestro país), se le aplica este calificativo, sin más implicaciones. Además, una componente cardinal en toda gestión forestal (la temporal) suele estar ausente en las propuestas que he leído. ¿Es siempre irreversible la gestión pasiva? ¿no se pueden combinar en el tiempo una gestión pasiva frente a otra más activa? Por otro lado, de la misma forma que se calla sobre esta dimensión se obvian potenciales tratamientos selvícolas atinados para este tipo de gestión (se asimilan a una no gestión), cuando para conseguir una regeneración natural de calidad sí que pueden ser necesarios.
En definitiva, con todo lo dicho anteriormente, no debería confundirse una gestión pasiva con una no gestión. En esta línea, sería un error asimilarla a la regeneración natural exclusivamente en procesos de rewilding. Y, por supuesto, tampoco se debería de reducir el empleo de este término a estrategias que pretenden expulsar a los habitantes del rural de sus territorios mediante proclamas terraplanistas.




2 comentarios en “Gestión pasiva”
Muy ilustrativo, profesor!!
Muchas gracias, Juan Andrés. Un abrazo