Bioeconomía (y falta de) estrategia forestal

En las últimas semanas han aparecido (al menos) dos artículos muy interesantes que inciden en un tema que considero clave tanto para el desarrollo de la bioeconomía forestal, como del tipo de sistemas forestales que se desea disponer a largo plazo. Así, ambos se preocupan por la oferta futura de madera a nivel global. El primero de ellos planteando escenarios según el avance de las construcciones con madera en zonas urbanas en un horizonte que llega hasta el año 2100. Los autores ofrecen un primer resultado según el cual, bajo las condiciones actuales (BAU), la superficie de plantaciones forestales debería ser, en esa fecha, mayor del doble que la actual. Se plantean otros escenarios según los cuales superficie debería ser mayor, y donde la credibilidad viene dada, a mi juicio, por la introducción del cambio tecnológico en los mismos. Cabe recordar que en muchos escenarios (por ejemplo, sobre cambio climático) se obvia esta realidad. El segundo de ellos analiza la posibilidad que la oferta de madera en Europa se resienta (el horizonte se fija hasta 2050) debido a la Estrategia de biodiversidad de la UE. En definitiva, se prevé un conflicto entre la futura demanda de ciertos productos derivados de la madera, la oferta actual y la necesaria en las próximas décadas para intentar cubrir estas necesidades en el sector de la vivienda.

Siempre que he visto en latitudes tropicales ejemplares de especies (existen más de mil) que se encuadran dentro de lo que conocemos como “bambú” me he maravillado del porte que tenían y de la velocidad de su crecimiento, con independencia que se consideraran un recurso con una utilidad comercial manifiesta o, simplemente, una mala hierba (y valga la redundancia, porque son gramíneas).

Lo primero que cabe resaltar es que estos estudios nacen por las especiales condiciones de la madera como recurso renovable y, aunque esto se suele olvidar intencionadamente, por el avance del conocimiento experimentado por la industria basada en la madera que permite sacar al mercado productos cada vez más eficientes en cuanto a los inputs utilizados, permitiendo sublimar características propias de lo que se conoce como economía circular. Estas características hacen que sea la base de programas de mitigación del carbono, por ejemplo, mediante la sustitución de elementos constructivos (hormigón, acero) a favor de la madera, uno de los principales servicios ecosistémicos de provisión asociados a los sistemas forestales. Dejando a un lado, por falta de espacio, el tema del carbono, voy a centrarme más en los aspectos derivados de la madera para la construcción. En esta línea, la primera pregunta que puede surgir es si tenemos, o vamos a tener en el futuro, madera suficiente para alimentar un (supuesto) aumento en la demanda motivado por diversas medidas, tanto nacionales como transnacionales. 

En el caso de España, como sociedad, esto nos lleva a pensar en cuáles son las preferencias futuras. ¿Queremos proveer ese incremento de la demanda de, por ejemplo, madera que cubra las necesidades de construcción (vigas laminadas, pavimentos, tableros, etc.) con madera nacional? O, por el contrario, ¿no hacemos ni caso a este previsible incremento en la demanda y ya improvisaremos acudiendo al mercado internacional? La primera alternativa supondría fomentar la bioeconomía forestal, el desarrollo rural y la innovación. Por el contrario, la segunda fomentaría el “ruralicidio” encubierto que se está produciendo desde algunos años. Ya tenemos, por desgracia, ejemplos muy claros de cómo la acción política impide el avance de esta bioeconomía, como el caso del chopo en Castilla y León. 

Vamos a suponer que todos aquellos que afirman apoyar la construcción con madera (nótese que es una de las frases hechas más repetidas en ciertos ambientes, pero sin que se sepa bien si realmente se lleva a la práctica con la intensidad necesaria) se sitúan en esa primera alternativa. Una pregunta inicial sería: ¿tenemos madera suficiente? Esta ingenua interrogación esconde varias cargas de profundidad. Así, convendría estimar esa demanda futura, por un lado, y por otro lado conocer qué especies serían las más apropiadas para proveer esos productos. A priori, y aunque esto puede variar según aspectos como el cambio tecnológico, parece que las coníferas son actualmente más demandadas o, dicho de otra forma, pueden ofrecer más fácilmente productos más uniformes y estandarizados. Volviendo a la cuestión anterior, los datos agregados dicen que en España se corta bastante menos del 50% de lo que crecen las masas forestales cada año. Ello querría decir que, a priori, podríamos simplemente incrementar esas cortas y, tal vez así, se podría hipotéticamente compensar internamente el incremento en la demanda. Sin embargo, diversas restricciones (legales, operativas o técnicas) podrían obligar a que al menos parte de esa nueva demanda deba ser cubierta por nuevas plantaciones, hecho que parece no suscitar demasiada simpatía. Estas cuestiones tienen que ser debatidas en profundidad a nivel nacional y con una cierta urgencia porque la madera lleva aparejado unos ciclos vitales que no se pueden obviar. Es decir, hace falta una planificación a largo plazo que contemple esta situación. Planificación de la que, por desgracia, no tengo noticias y que, además, debe ser multidisciplinar. Deben incluirse no sólo los actores implicados por el lado de la oferta, sino también los homólogos por el lado de la demanda. A título de ejemplo, resultaría muy decepcionante desarrollar un plan forestal que sólo atienda a lo qué se puede cortar en las próximas décadas, y que obvie el posible destino de esos productos o que ignore el desarrollo de ciertas ramas industriales que pueden aumentar el número de instalaciones a la luz de previsiones futuras. 

Otra forma de actuar, complementaria de la anterior, sería calcular la madera necesaria para alimentar una determinada demanda, a partir de una vivienda tipo. No soy experto en estas cuestiones, pero entiendo que el mix de madera puede ser variado y que dependa de las características de la vivienda (unifamiliar, edificio, etc.). Aunque la comparación no tiene por qué ser directa, he visto como en USA hablan de entre 15 y 30m3de madera por vivienda. Si en España se llegara a una cifra (la que fuere), desglosada en los principales productos (vigas, gluglam, CLT, etc.), se podría disponer de unas unidades comunes que multiplicándolas por el número de vivendas y sus características darían una idea de la nueva demanda anual que se espera. Soy consciente que esta idea es rudimentaria, que hay muchos aspectos que no se están contemplando, pero sería un primer paso para intentar afinar un modelo mejor. Nótese que parte de la demanda se puede modelizar por la acción pública (intervenciones en edificios públicos, normativa en las viviendas protegidas, etc.), con lo que sí que se podrían obtener unas estimaciones iniciales.

Pues bien, si llegamos a estimar esas cifras, ahí se vería, analizando la evolución de las masas forestales actuales, si hay que fomentar nuevas forestaciones, y, en caso afirmativo, cuándo, dónde, con qué especie y con que otros objetivos se fomenta dicha nueva actividad. En definitiva, y es a donde quería llegar, cuando se analizan problemas de bioeconomía forestal, máxime en un contexto de circularidad, no es condición suficiente los análisis tipo más comunes (análisis del ciclo de vida, o los ciclos de materiales según los principios “cradle to cradle”), ya que para obtener los productos necesarios los ciclos temporales son muy dilatados y expuestos a diversas contingencias. Por ello, es necesario integrar en estas aproximaciones una planificación forestal que asegure un porcentaje de la oferta de madera con las aptitudes tecnológicas apropiadas en el momento que se necesite. En definitiva, ya no basta modelos de planes forestales “top to down” donde se juega únicamente con la oferta de madera, sino que se deben integrar modelos vinculados a las necesidades (cantidad y calidad) de la demanda. Indirectamente ello debería llevar a una planificación a un nivel superior al autonómico, lo que, por desgracia, está proscrito en nuestro país, aunque parece, al menos en este caso, que sería lo más eficiente.

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