Sistemas forestales y acuerdos climáticos

“…aquella especie de trampantojo que se había inventado para manejarse con soltura en aquellos ambientes”. Luis Landero: Absolución

En estos días se está celebrando una nueva edición de la COP. No la he seguido con demasiada atención pero, salvo error u omisión por mi parte, hasta hoy no ha habido ningún anuncio relevante que pueda afectar directamente a la gestión de unos sistemas forestales tradicionalmente dejados de un lado en estas cumbres: los que se encuentran en zonas templadas y boreales. En concreto, había una cierta expectación por la posibilidad de establecer un mercado de carbono a nivel global, algo pendiente desde el Acuerdo de París, y que podría tener un efecto positivo en cómo se considera la fijación de carbono realizada por los sistemas forestales. Cabe recordar que salvo en algunos países, Nueva Zelanda es el ejemplo más claro, no existe un mercado regulado donde se incluya el carbono asociado a la captura que realizan los estos sistemas. En cualquier caso, y sea cual fuere el desenlace de esta cumbre, a continuación voy a subrayar algunos aspectos habitualmente marginados en el análisis del servicio ecosistémico de regulación más directamente asociado a esos acuerdos supranacionales: la captura de carbono.

Partimos de la base que los sistemas forestales son ampliamente considerados hoy en día como estructuras que ofrecen una amplia gama de servicios ecosistémicos y que se encuentran en el centro de muchos debates (cambio climático, conservación de la biodiversidad, futuro de los espacios urbanos…), casi todos ellos ajenos a los servicios ecosistémicos más tradicionales, los de provisión. Además, se encuentran en el centro de lo que se denominan “natural climate solutions”. Por otro lado, y haciendo una breve recapitulación histórica, lo primero que conviene recordar es que los sistemas forestales no son, bajo ningún concepto, intrusos ni tampoco merecedores de olvidos sistemáticos en estas reuniones. El Protocolo de Kyoto señala textualmente en el artículo 3 que se computarán las absorciones producidas por cambios de uso de la tierra (forestaciones) y la selvicultura a partir de 1990. En aquellos tiempos pre-Kyoto, hablar de carbono y sistemas forestales desde un punto de vista económico y/o de gestión era inusual, y sólo a partir del seminal artículo de Van Kooten et al. (1994) se diseñó una forma sólida de integrar este nuevo servicio en la gestión forestal. Conviene recordar, asimismo, que ya entonces los científicos afirmaban que la opción de las forestaciones para mitigar el problema del exceso de las emisiones nunca iban a solucionar el problema. Sólo se compensaría una parte de dichas emisiones, con lo que la solución final era externa al ámbito forestal. De forma muy gráfica, se decía que las forestaciones suponían un mecanismo de “comprar tiempo” hasta esa utópica solución. Valga esta apostilla para señalar a aquellos que casi treinta años después siguen mareando la perdiz con esas ideas peregrinas.

Volviendo a Kyoto, resulta imprescindible insistir en algunos hechos que han condicionado la gestión forestal con relación a este servicio ecosistémico. En concreto, me estoy refiriendo a la forma de tratar a los sistemas forestales, sobre todo los de los países desarrollados. Uno de los principales aportes de este Protocolo ha sido asumir la llamada “hipótesis de oxidación instantánea”, según la cual el carbono almacenado en una masa forestal se re-emite instantáneamente en el momento de su corta. Lógicamente, ni es una hipótesis (más bien una falacia) ni es cierta esa re-emisión temporal, pero, sin embargo, se ha tomado esta propuesta acientífica (me refiero en ámbitos forestales) como una verdad cuasi-incuestionable, y que ha lastrado el desarrollo de diversos aspectos relacionados con la gestión y la política forestal en estos países. Cabe recordar, con melancolía, que obtener un consenso no significa poseer la razón, y menos en temas científicos. Bajo el paraguas de incentivar tanto la imprescindible reducción de la deforestación en zonas tropicales, así como la disminución de la emisión de gases de efecto invernadero (GEI) se ha marginado a los sistemas forestales no tropicales.

Llegados a este punto se puede contrargumentar, con razón, que los acuerdos de París han mitigado el problema de la oxidación instantánea al incorporar el carbono almacenado en los productos de madera. Sin embargo, ni el procedimiento (cuando se ha re-emitido el 50%, lo que llaman “el valor de semivida”, se asume que todo el carbono se re-emite, lo cual tampoco es cierto), ni las cifras adoptadas son, digamos, amigables con la gestión forestal. No soy experto en temas relacionados con las propiedades de la madera, pero asumir sólo tres valores (2 años para el papel, 25 para los tableros de madera y 35 para la madera aserrada) me parecen escasos, tanto en categorías como en los lapsos temporales. Y máxime en un contexto que no se para de hablar de la madera como material de construcción de viviendas y que viene a sustituir al hormigón. Como ejemplo de estudios que aportan vidas útiles más dilatadas para el carbono en los productos, sugiero un libro de la época donde se aportan vidas útiles de productos derivados de la madera más reales.

Si hacemos un pequeño resumen de lo que se ha expuesto hasta ahora tenemos lo siguiente: el carbono que se puede contabilizar sólo es el que se ha fijado a partir del año 1990, los créditos asociados a esas forestaciones no entran en ningún mercado regulado (por ejemplo, el de la Unión Europea: EU-ETS), no se han desarrollado mecanismos para que, por ejemplo, las acciones selvícolas puedan mejorar la cantidad de carbono existente en los sistemas forestales, y los intervalos otorgados para computar el carbono en los productos son, cuanto menos, tacaños. Desde el punto de vista del propietario o del gestor, todo este cóctel ha supuesto un freno para desarrollar acciones que conduzcan a incrementar el carbono en los sistemas forestales. Pero, a mi juicio, se ha producido otra circunstancia al menos igual de grave y desalentadora: la invisibilización del carbono fijado por los sistemas forestales. Con tanta casuística nos encontramos que la opinión pública no conoce algunos hechos y vinculados a este servicio ecosistémico en el ámbito forestal. Por ejemplo, nadie relaciona las emisiones netas de GEI en España con el carbono total fijado en los sistemas forestales. Se ocultan estas referencias, y si alguien acude a las estadísticas forestales oficiales no obtiene unas informaciones elementales al respecto. Sin duda, hay que reconocer que si la anteriormente denominada invisibilización hubiese sido un objetivo a perseguir, se está cumpliendo a la perfección y no habría más que felicitar efusivamente a los responsables.

En definitiva, no interesa hablar del carbono, sino de “cierto” carbono, en algunas circunstancias, y bajo ciertas contabilidades no avaladas científicamente. Esta especie de trampantojo favorece determinados intereses, siempre alejados de los propietarios forestales, ya que, causal o casualmente, todas las decisiones se toman a nivel “macro” sin pensar en los efectos a nivel “micro”. Resultan irrelevante las consecuencias y los objetivos de todo ello que se puedan tener a nivel propiedad o gestor, y produce desánimo que no se articulen incentivos para aplicar conocimientos de gestión forestal con el fin de mejorar la captura de carbono en un predio forestal por razones oscuras y opacas, así como que no se ofrezca desde las instituciones públicas informaciones mínimas para optimizar dicha gestión. Ahora bien, este tipo de reflexiones no abundan en el ámbito forestal. Sospecho, sin duda, que se me debe estar escapando alguna explicación convincente. O no.

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