Miopía Forestal

He estado mucho tiempo preguntándome cómo podemos ser tan miopes y de miras tan cortas y, pese a ello, sobrevivir en un entorno que no pertenece enteramente a Mediocristán” N.N. Taleb (2011), El Cisne Negro.

En publicaciones y manuales de economía resulta bastante frecuente introducir el término “miopía” para referirse, por ejemplo, a una toma de decisiones incorrecta al basarse únicamente en el corto plazo. En efecto, desde el Premio Nobel K. Arrow, describiendo las políticas óptimas de una empresa en cuanto a la tenencia de capital fijo, hasta cualquier libro de economía ambiental y de los recursos naturales, donde se reivindican políticas que favorezcan a futuras generaciones frente a las estrategias de centrarse en el momento presente, el adjetivo miope no resulta extraño a los lectores interesados en estos temas. Sin embargo, en el terreno forestal no resulta tan frecuente, salvo que abordemos problemas similares a los arriba mencionados. En esta entrada pretendo señalar algunos problemas de centrarse sólo en el corto plazo cuanto se toman decisiones en la gestión de los servicios ecosistémicos asociados a los sistemas forestales. 

Aunque los manuales clásicos de ordenación de montes, por ejemplo el de Mackay (1944), ya hablan de beneficios indirectos para referirse a servicios ecosistémicos, durante muchos lustros los servicios ecosistémicos de provisión prevalecían tanto a la hora de conformar los distintos documentos técnicos como para tomar decisiones relativas a desarrollar un determinado modelo de gestión. Era corriente hablar de una producción o un objetivo primario y otros objetivos secundarios. Conforme se ha avanzado en el tiempo esta idea se ha ido debilitando, sobre todo en montes de titularidad o de gestión pública, fundamentalmente por el cambio en las preferencias de la sociedad, que ya no ve a los montes como almacenes de recursos renovables y útiles para su consumo actual, sino como proveedores de otros servicios que carecen de un precio de mercado. Al mismo tiempo que se producía esta evolución, dentro de la gestión forestal se acuñaban términos como “uso múltiple”, “multifuncionalidad”, “múltiples criterios” que hacían referencia a la amplia panoplia de servicios ecosistémicos que se concentran en un predio forestal y que deben ser tenidos en cuenta en su gestión futura.  

Sin embargo, en los últimos tiempos he observado cómo se ha descuidado esta tendencia y se promocionan políticas, normativas y estándares que sólo se fijan en un servicio ecosistémico. Es decir, volvemos a la sublimación de políticas “monocriterio”, aún cuando las herramientas de ayuda a la toma de decisiones son de una calidad y amplitud inimaginable hace unas décadas. Un ejemplo muy claro, y de plena actualidad, lo constituyen las plantaciones vinculadas a la obtención de créditos de carbono con el fin de transaccionarlos en algún tipo de mercado, bien sea regulado o voluntario. Pues bien, llama mucho la atención que se asuman sin pestañear estándares y normas de dichos mercados cuando habitualmente no consideran ningún otro servicio ecosistémico. No conozco ningún estándar que, por ejemplo, integre la producción de madera, aspecto que, sin duda, le puede interesar bien al propietario o al gestor de dicha plantación. 

Ello supone que no se tiene claro cómo gestionar esta plantación teniendo en cuenta que el turno puede fácilmente exceder el número de años en los cuales se van a computar dichos créditos. Un problema evidente es cómo se debe dimensionar la selvicultura para atender a ambos servicios ecosistémicos. O dicho de otra forma, ¿por qué se asume que la selvicultura propuesta para el carbono es la más conveniente para la madera? Y nos quedarían muchos otros servicios ecosistémicos. Otro muy en boga actualmente es de la conservación de la biodiversidad, y los créditos vinculados a esos todavía incipientes (si los comparamos con los de carbono) mercados de créditos de biodiversidad. Los estándares de carbono hablan de “co-beneficios”, lo que implica que se asume la vieja idea de objetivos primarios y secundarios, pero en ningún caso contemplan una optimización conjunta de estos servicios ecosistémicos. Y se debe recordar que está demostrado que en un sistema forestal el óptimo para maximizar la captura de carbono no coincide siempre con el óptimo relacionado con la conservación de la biodiversidad. Volviendo a la idea de la miopía, la promesa de ingresos en los próximos años o aceptar que las únicas alternativas posibles son aquellas cuyos flujos de caja futuros pueden ser fácilmente identificados bajo estos paraguas, no suele ser siempre la mejor opción.

Estos nuevos mercados (tanto de carbono como de biodiversidad) se basan en cumplir un conjunto de requisitos básicos. Citando sólo algunos, además de asegurar la permanencia de la plantación, se debe precisar una línea base con el fin de definir el punto de partida a partir del cual se tienen que computar futuras ganancias de créditos en el tiempo considerado, y que se registrarán con las verificaciones sucesivas que se producirán. Otro elemento importante y áspero por su complejidad sería justificar la adicionalidad. Es decir, que el proyecto no se llevaría a cabo en ausencia de la consideración de estos créditos. Si se admite que el propietario de una plantación podría estar interesado en los dos tipos de créditos (carbono y biodiversidad), ¿cómo se define en este caso la adicionalidad? ¿Por qué se asume que el óptimo para gestionar el carbono y la biodiversidad debe ser el mismo? En definitiva, esta nueva casuística está pensada siempre bajo la óptica de terceros e intermediarios, y nunca del propietario o del gestor forestal. Un ejemplo muy claro es que, como he comentado, se cuestiona la permanencia de la plantación, pero a la inversa nunca existe riesgo alguno. Por ejemplo, teniendo en cuenta los horizontes dilatados a los que nos estamos enfrentado, ¿de verdad se tiene que asumir en su totalidad la premisa según la cual no existe ningún riesgo de que una empresa intermediaria pudiera desaparecer? 

Se puede dar el caso, al menos en teoría, donde una plantación se integra en el mercado de créditos de carbono, el propietario tiene intención de obtener beneficios en el futuro por la venta de madera y no descarta la opción de otros mercados como el de biodiversidad, si fuera factible y se pudiera justificar. Lo paradójico de esta situación es que apostaría a que el propietario diseñaría la plantación como si el objetivo fuera únicamente la producción de madera (otra decisión monocriterio). Es decir, si nos centramos en el carbono y la madera, un propietario no tiene claro cuál es el espaciamiento óptimo ni la selvicultura para atender a ambos objetivos. Probablemente piense que es mejor ampliar el marco de plantación para después ahorrarse intervenciones selvícolas, pero no tiene claro si esa opción es la mejor para la madera. En definitiva, la no disponibilidad de modelos de producción compatibles con estas nuevas necesidades (las plantaciones mixtas sería otro ejemplo) conduce a no integrar correctamente diversos servicios ecosistémicos. 

Pero esta toma de decisiones atendiendo sólo a un servicio ecosistémico se puede ver en otras muchas situaciones forestales. La casuística es muy diversa y fácilmente pueden surgir ejemplos y contraejemplos, pero me voy a referir al servicio ecosistémicos de conservación de la biodiversidad. Me llama bastante la atención que muchas veces se demande (y se consiga) que se impida prácticamente cualquier tipo de corta con el fin de, precisamente, favorecer objetivos de conservación. Sin embargo, y dejo a un lado la madera, nunca se ha demostrado que esa ausencia de cortas sea lo mejor para el resto de los servicios ecosistémicos que no sea la madera, como antes he precisado en el caso del carbono. 

Todo esto se podría mejorar si se pensara, además de los objetivos propios de la gestión, en la repercusión que las medidas propuestas tendría en diferentes servicios ecosistémicos de interés en el caso de estudio. Este tipo de análisis favorecería la implantación de soluciones más imaginativas que si sólo se piensa en un único objetivo y, con ello, se destierra esa miopía a la que me estoy refiriendo. No obstante, soy consciente que resulta complicado avanzar por esta línea. Obviando soluciones procedentes del campo de la investigación operativa que, a diferencia de muchos otros países, aquí no se suelen aplicar, todo sería mucho más fácil para el gestor si tuviera a su alcance resultados de ejercicios de valoración con los que pudiera medir el impacto de algunas de las acciones propuestas y así establecer el potencial intercambio (“trade-off”) entre diferentes servicios ecosistémicos. En definitiva, y a pesar de estos problemas, no debe tomarse como norma asumir que cada sistema forestal tiene un uso único y plantear la gestión correspondiente en base exclusivamente a esa premisa. 

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