“It is not easy to write a book about the forest where there is no forest to inspire”. Gerrit, G: A Campaign for the Forest (1997)
Una de las actividades que cualquier pudiera esperar de un profesor de universidad o de un científico es que plasme sus conocimientos y su experiencia en un manual que permita condensar un saber que queda disponible tanto a alumnos, otros interesados y colegas, como para las generaciones venideras. Esto ha sido así desde hace siglos pero, en los últimos lustros este objetivo está languideciendo por causas diversas. Además, el entorno se ve afectado por la desmesurada irrupción de la inteligencia artificial bajo diversas perspectivas: un evidente uso sustitutivo de libros, el empleo ilegal de material editorial como aprendizaje de las mismas, o directamente la autoría de material publicado en páginas web, libros o artículos científicos. Ante estos hechos, la pregunta que intento abordar en esta entrada es si merece o no la pena plantearse escribir un libro técnico en estos tiempos. Y ya anticipo que no tengo una respuesta concluyente, por lo que cualquier comentario será bienvenido.

El hecho de escribir un libro que condense los conocimientos y la experiencia de alguien en un determinado campo ha sido durante mucho tiempo un objetivo de muchos profesores, técnicos y científicos. Siendo extremadamente conciso en mi relato, el hecho es que desde hace unos pocos lustros esta actividad está decayendo y, desde el punto de vista de la demanda, parece que la idea de comprar libros técnicos y/o utilizarlos en bibliotecas universitarias también ha descendido. Las estadísticas de préstamos bibliotecarios corroboran este hecho, lo que convierte a las bibliotecas más en sala de lectura (las menos veces, de libros) que otra cosa, y ya desde hace más de 20 años existen encuestas que reflejan una drástica disminución de la demanda de estos libros. Incluso era habitual en muchas revistas científicas e incluso profesionales dedicar un espacio a reseñar los últimos libros publicados y, generalmente, estas reseñas las escribían sólidos académicos. Lamentablemente, esta práctica ha caído en desuso de una forma alarmante. No es el objetivo profundizar en las causas, pero se sabe que han desaparecido editoriales, e incluso otras han ralentizado o parado su producción, si nos referimos a temáticas cercanas a mi perfil. Dejando a un lado el proceloso camino de los libros autoeditados, parece que, grosso modo, las condiciones actuales de mercado (mirando tanto la oferta como la demanda) no animan a embarcarse en este tipo de singladuras. De hecho, cuando preguntas a alumnos si utilizan libros, sus respuestas no son concluyentes en cuanto a su unanimidad, pero alertan que su uso es heterogéneo según las materias que estudien. Desafortunadamente, un docente no conoce la trayectoria en la enseñanza preuniversitaria de sus alumnos con relación a la lectura de libros. Sólo tiene claro que la comprensión lectora ha descendido de forma pavorosa y puede intuir que, en general, no llegan a la universidad acostumbrados a consultar libros.
Por otro lado, el hecho de plantearse escribir un libro relacionado con tu docencia y/o con tu investigación debe ser, en primer lugar, un acto que te aporte utilidad y que esa meta se convierta en realidad después de muchas horas de trabajo. Resulta impensable, a mi juicio, acometer esa tarea sin un entusiasmo mínimo, pero eso es preciso señalar que dicho entusiasmo debe cristalizarse en un producto final, y entre medias pueden surgir muchas vicisitudes, imprevistos y claudicaciones. A veces incluso fijar la materia objeto del trabajo y un índice con diligencia (no se debe escribir un libro que abarque todo lo relacionado con el leitmotiv del mismo) suponen decisiones que consumen más tiempo del que a priori se pudiera pensar. Y esas decisiones preliminares deben estar bajo un paraguas bien definido: un libro no debe ser una compilación de capítulos deslavazados, ni una colección de páginas impresas ni mucho menos un panfleto carente de un mínimo rigor técnico o científico. Y después cada autor deberá definir el grado con que debe acercarse a la materia en cuestión (a la que imparte o a la que está en el plan de estudios, con independencia si la puede impartir en su totalidad o no). También debería abordar si es escrupulosamente un libro de texto o, por el contrario, un manual de una materia que puede utilizarse de una manera más genérica. Esta disyuntiva a veces se resuelve de forma sencilla (se intenta cubrir ambos objetivos), pero otras veces puede dar lugar a confusión. Todavía recuerdo, siendo estudiante, preguntar a un egregio profesor que me recomendara un libro para complementar las explicaciones que impartía en clase. Su respuesta me dejó descolocado: “no puedo recomendar un libro hasta que no escriba el mío”. La moraleja acaba con la evidencia de que dicho libro nunca se llegó a publicar.
Además de esta condición inicial cualquier autor, en mayor o menor medida, escudriñará los incentivos profesionales que presenta acometer este desafío, dado el tiempo que le piensa dedicar. Estos estímulos podrían ser diversos. Desde algún tipo de remuneración atractiva, hasta un cierto prestigio académico y credibilidad, pasando por un mérito que se pudiera aportar en la carrera docente. Pues bien, en general, dichos incentivos son extremadamente escasos hoy en día. A diferencia de lo que ocurría décadas atrás, las retribuciones son muy exiguas, y sólo hay que analizar los reintegros que realiza CEDRO a los autores. En definitiva, por derechos de autor no se va a obtener gran cosa, y los menguantes ingresos por ventas pueden variar entre las editoriales. Lo que sí es una realidad es la mínima consideración de la publicación de libros a la hora de obtener méritos de investigación o de docencia. Y si nos centramos en la docencia, se ha incentivado mucho más todo el tema de innovación docente, con independencia de sus resultados reales y la permanencia en el tiempo de dichas innovaciones. Como los libros no suponen a priori ningún tipo de innovación, su marginalidad en la meritocracia académica es alentada por la mayoría de próceres universitarios. En síntesis, lo de “publica o muere” no se aplica a los libros, salvo que, utópicamente, se retome el globo sonda del “sexenio docente” y ahí se especifique como un mérito a destacar, hipótesis que me parece muy descabellada hoy en día.

Dejando a un lado el entusiasmo y los incentivos, si uno piensa en razones que justifiquen no escribir un libro, las encuentra muy fácilmente (“ya hay muchos manuales publicados”, “la gente no compra libros”, “cuando lo publique ya estará obsoleto”, “con la IA no hay quien pueda”, “el tiempo que requiere es excesivo”, “escribir una entrada de un blog para justificar la negativa”, etc.). Pero quizá habría que preguntarse por las razones que sí justifican este potencial desafío. De todas las que puedo imaginarme (enseñar mejor, proporcionar unos conocimientos a la sociedad, incluso concluir un reto), la que me parece más importante (y anterior a las precedentes) es la de aprender. Aunque no existe un camino único para afrontar este desafío, escribir un libro conlleva un ejercicio intenso de aprendizaje de tema en cuestión, desde sintetizar la información, buscar ese delicado e inestable equilibrio entre simplificar y no renunciar a una cierta complejidad, pasando por tu propia experiencia, estar actualizado y, sobre todo organizar con un determinado propósito toda la información. Y todo ello no pensando en uno mismo, sino en el lector que recibirá esas informaciones. En definitiva, y sin llegar al extremo de la conocida cita de Foucault (“cuando se empieza a escribir un libro, no se sabe lo que se va a decir al final”), aquel que no valore el proceso como un aprendizaje continuo, creo que está despreciando gran parte del encanto de escribir un libro.
Con todo lo arriba comentado parecería que escribir un libro en estos tiempos podría catalogarse como un esfuerzo inútil, y ya se sabe que todos los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía. Sin embargo, a veces cuanto el entorno se resquebraja (sector en plena transformación, alternativas plausibles como redes sociales, entradas de blog, podcasts, grabaciones en vídeo…) igual hay que despreocuparse del mercado y pensar que se puede escribir un libro aunque no se vaya a difundir como uno desearía. En último caso, siempre te quedará escribir el libro que uno quisiera leer y esa utilidad egoísta puede compensar otros sinsabores. Por otro lado, ir contracorriente a veces da resultados. Una vez he leído cómo un gestor de fondos de inversión justificaba escribir un libro sobre la técnica exitosa que empleó… cuando dejó de tener éxito. Otro ejemplo claro se sitúa en el negocio musical con relación a la caída y auge del vinilo frente a formatos digitales. Aunque en la actualidad es imposible que compita a la par que los formatos de streaming, sí que mantiene un porcentaje de ventas apreciable. Igual el libro técnico sigue el mismo camino, pero asumir esta realidad es aceptar que estamos hablando de un nicho de mercado, con todas las implicaciones que ello conlleva. En definitiva, a la hora de embarcarse en esta singladura, uno no debería tener grandes expectativas, y menos en las temáticas donde pudiera aportar algo. Sin embargo, a veces se producen hechos inesperados y un libro sin grandes pretensiones, según los propios autores, se convierte en un éxito de ventas (más de siete millones de ejemplares, secuelas, podcasts, etc.). Sirva este ejemplo no replicable en mi campo para concluir esta entrada con algo bien optimista, aunque para mi sería mucho más positivo leer sus opiniones al respecto. Gracias por llegar hasta aquí.



