Brasil y la Deforestación

Ayer ha comenzado en Brasil una nueva etapa política y en donde se ha nombrado ministra de Medio Ambiente a Marina Silva, mujer con una trayectoria vital muy encomiable y avalada por su gestión en este Ministerio años atrás. Con ella al frente se pretende mandar un mensaje muy claro al mundo: se va a hacer un esfuerzo para combatir la deforestación y, simultáneamente, alinearse con objetivos climáticos más ambiciosos. Ya he comentado en otra entrada que Brasil tiene que ser capaz de conjugar objetivos de protección en biomas como la Amazonía y mantener su liderazgo en el agronegocio. El desafío es ingente, pero la necesidad apremia. Sin embargo, cuando se habla de este país y de la deforestación, muchas veces se parte de una óptica colonial y diferente a la que se utiliza para otras naciones.

En primer lugar, el primer dato que se debe aportar es el de las emisiones totales de gases de efecto invernadero en Brasil: más de 2.422 millones de toneladas en el año 2021 (último año disponible), de las que casi aproximadamente la mitad (1.188 millones de toneladas) corresponden a emisiones debido a cambios de uso de la tierra (es decir, deforestaciones). Estos últimos números son, a priori, colosales y deben ser reducidos, como a buen seguro se implicará el nuevo gobierno de este país, pero a veces resulta más conveniente observar no sólo el último dato, sino toda la serie. Así, si tomamos 1990 como el punto de partida que el Protocolo de Kyoto fijó para computar las reducciones en los países industrializados, se puede comprobar que las emisiones correspondientes a las deforestaciones en Brasil han disminuido en 180 millones de toneladas. Es decir, que, a pesar de estas cifras tan enormes, la deforestación no se ha incrementado en ese período si tomamos el primer y último dato de la serie, y lo mismo se puede comprobar si se computa las emisiones por habitante y año (descenso de un 18%). Sin embargo, conviene resaltar que si, por el contrario, se elige el peor año en cuanto a la deforestación (2003), las emisiones totales eran de más de 3.000 millones de toneladas, de las cuales 2.169 millones correspondían a la deforestación. Luego se puede colegir que Brasil ha hecho un esfuerzo notable para la reducción de estas emisiones en los últimos años, iniciándose en la etapa anterior de Marina Silva en el Ministerio de Medio Ambiente donde creó un equipo joven, comandando el Servicio Forestal Brasileño un joven y reconocido ingeniero forestal (Tassio Azevedo) que creó pautas exitosas para combatir la deforestación. Sin embargo, esta etapa exitosa ha sido el antecedente de otra que presenta una tendencia irregular en los últimos 12 años, y negativa no sólo en la etapa de Jair Bolsonaro, sino también en las de sus predecesores. Aspecto este último que también se olvida intencionadamente. Como también se olvida que la captura de carbono que se cuantifica anualmente en Brasil en algunos sistemas forestales (no todos) es de más de seiscientos millones de toneladas, con lo que planes para restaurar ciertas zonas deforestadas (por ejemplo, vía proyectos REDD+) pudieran ser otra vía de mitigar el exceso de emisiones provocado por la deforestación. 

Para contextualizar el problema, me gustaría comparar los datos con España en el mismo período. Así, desde 1990 a 2021 las emisiones brutas sólo disminuyeron en nuestro país un 0,5%, (de alrededor de 290 millones de toneladas a 288,6), a pesar de que los compromisos ambientales han sido mucho más fuertes en el caso de España que de Brasil. Me he referido a emisiones brutas, por dos motivos: no he encontrado en las Estadísticas oficiales brasileñas el dato de la captura por forestaciones recientes, con lo cual el balance neto sería algo inferior a los datos arriba mostrados. El estudio más fiable que he visto cuantifica esta captura en un incremento del stock de carbono en dichas plantaciones (fundamentalmente, eucalipto) de 381 millones de toneladas desde 1990 a 2016. La segunda razón es, volviendo al caso español, el desdén con el que desde el propio Ministerio y organizaciones afines y subvencionadas manejan este dato que, recordemos, supone el 12% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero en España, y que casi compensa las emisiones de los sectores agrícola y ganadero. 

Pero, sin duda, el problema de la deforestación no se debe contemplar sólo en términos de emisiones de carbono, sino también en amenazas en cuanto a la biodiversidad y a otros servicios ecosistémicos de regulación incluso fuera de la Amazonía. Esa es otra razón por la cual la deforestación debe minimizarse, y digo minimizarse porque el objetivo de una deforestación cero es una meta muy loable, pero, a mi juicio, una meta en el sentido matemático de un punto ideal. Por mucho que algunos neocolonialistas del rural atesoren una visión idílica del Amazonas, como si fuera un parque temático al uso, es un territorio vastísimo, y muy agreste para el hombre, donde el control de ciertas actividades ilícitas es complicado en muchas zonas, por mucho que hayan avanzado técnicas de teledetección que permitan su descubrimiento y cuantificación. Es decir, veo imposible alcanzar dicha meta a corto o medio plazo. Volviendo a las comparaciones con España, es como si alguien pretende que la superficie incendiada fuera de cero hectáreas cada año: algo hoy en día utópico. Y hablando de incendios en nuestro país, y dedicado al club de fans del rewilding, el cociente entre la superficie que ha ardido en España en el 2022 y la superficie forestal es varias veces mayor que si se hace un cociente similar en la Amazonía. Y me temo que esa tendencia no se va a modificar en los próximos años mientras no se modifiquen políticas forestales y ambientales donde se sublime indiscriminadamente la idea de la no gestión. En resumen, y a tenor de lo arriba mostrado, resulta indudable que Brasil debe reducir imperiosamente la deforestación, pero igual algunos deberían fijarse más en los datos propios antes de criticar los de otros países.

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