La Carrera Investigadora

Recurrentemente, aparecen en los medios noticias que afectan directa o indirectamente a la carrera investigadora de las personas que apuestan por esta vía para realizarse personal y profesionalmente. Bajo mi perspectiva. Estas noticias suelen presentar sesgos de miopía, al no entrar en las raíces del problema o en las consecuencias de las medidas propuestas, o de pretender generalizar hechos aislados como si constituyeran una tendencia irrefrenable en los centros de investigación. Como punto de partida de esta entrada quisiera referirme a un informe publicado esta semana por la Fundación Conocimiento y Desarrollo acerca de la valoración de la sociedad sobre la calidad del sistema universitario, realizada a partir de un estudio demoscópico. Sólo voy a citar dos conclusiones, una buena y otra algo peor. La buena es que, a pesar de todo, el 81% de las personas encuestadas presenta una valoración positiva o muy positiva de las Universidades, aunque si se segmentan las respuestas en la franja de edad correspondiente a los estudiantes actuales, ese porcentaje desciende al 69%. La otra conclusión es que el 48% los entrevistados cree que la formación universitaria tiene poco o nada que ver con las demandas del mercado. Esta última idea la subrayo como una posible reflexión relacionada con los continuos cambios en los planes de estudio que se están produciendo en los centros universitarios. 

Entrando en materia, vamos con un tema controvertido: la evaluación en la carrera investigadora. Me ha llamado la atención cómo, aprovechando un caso reprobable, se hable de “corrupción sistémica” sobre el uso de indicadores para medir la actividad investigadora, sin, por supuesto, proponer otra alternativa mejor. Este tipo de opiniones olvidan varias cuestiones de fondo: primero, que las Universidades son un reflejo de las sociedades donde se integran, y no es inmune a casos de corrupción, aunque en este caso no sea así. En segundo lugar, no hay ningún indicador universal para medir la carrera investigadora de ningún profesor. Ya desde un punto de vista etimológico un indicador no es un índice, entendiendo un índice como una colección de indicadores. Es decir, el desafío para realizar una valoración de este tipo puede venir de tanto de la selección de indicadores y de cómo se agregan estos, pero esta última circunstancia se olvida fácilmente. En tercer lugar, es mejor que existan indicadores, y disponer de datos de todos ellos, que no definir indicadores que no se pueden aplicar porque no existen datos para todos los casos de estudio (véase, por poner un ejemplo, muchos de los que cuelgan de los 17 ODS). La no existencia de indicadores aumenta la subjetividad de cualquier proceso.

Además, en España uno no se acredita para Profesor Titular o Catedrático de Universidad en función de los factores de impacto o del índice h del solicitante. Los criterios son públicos y el sistema es muy garantista. Ahora que acabé un período como evaluador de la Agencia Nacional de Evaluación y Acreditación (ANECA) puedo afirmar que el sistema no tiene nada de corrupto, que ha disfrutado de unos compañeros ejemplares, y donde todas las decisiones se han tomado por consenso para cada uno de los expedientes. Eso no quita que se pueda mejorar (cosa que, por cierto, no ha intentado la directora recién cesada de este organismo), pero la descalificación sistemática de la ANECA responde, a mi juicio, a intereses creados. Es más, si comparamos la forma de evaluar de ANECA con el sistema que se ha dispuesto, por ejemplo, el CSIC para sus figuras (Profesor de Investigación, Investigador, etc.) el de ANECA es, según mi experiencia, mucho más transparente, objetivo y racional que el sistema empleado por el CSIC. Sin embargo, los ataques se proyectan sólo a la ANECA.

Por otro lado, veo pocas críticas hacia algunos aspectos que me parecen muy significativos si se habla de la carrera investigadora de personas que aspiran a consolidarse como funcionarios en los cuerpos docentes de las Universidades españolas. Partiendo de la base que son personas (aunque a veces a algunos se les olvida este pequeño detalle), y que por ello van a responder con celeridad a cualquier incentivo que vean para acortar el proceso que va desde la lectura de su Tesis Doctoral hasta su consolidación en el puesto deseado, me ha llamado mucho la atención la edad media a la que puede acreditarse una persona como Profesor Titular de Universidad en España. En la Comisión donde he estado en ANECA, calculo que ronda o incluso sobrepasa los 40 años. Este sí que me parece un indicador (o casi un KPI) que muestra una realidad no deseada. Otro aspecto del que apenas escucho o leo comentarios es lo que pasa después de la acreditación a Profesor Titular o Catedrático: la Universidad correspondiente, con sus tiempos (no ha sido en todos los lugares un proceso instantáneo) saca a concurso la plaza y, hablo exclusivamente de mi experiencia y de lo que he comentado con colegas, sólo firma la plaza el interesado. Es decir, no hay competencia por concursar a esa plaza. Al igual que en el caso de la edad de la acreditación, desconozco si hay estadísticas al respecto que puedan desmentir mi percepción, pero, si es así, ¿es esto lo que se pretende? ¿es lo mejor para el sistema universitario? Por otro lado, conviene también resaltar un dato creo que poco difundido, y que deberían conocer aquellos que emprenden esta trayectoria. Según la tacticista (y perdón por la expresión) CRUE, desde 2008 a 2019 el personal docente e investigador (PDI) en las Universidades públicas se ha incrementado en menos del 4%. Sin embargo, el subconjunto de PDI que son funcionarios (Profesores Titulares de Universidad y Catedráticos) se ha reducido en un 16,8% en este período. En definitiva, cuando alguien lea que se incrementan año tras años los funcionarios en las Administraciones Públicas, que no piense en las Universidades. 

En otro orden de cosas, quisiera hacer un comentario sobre la carrera universitaria del que no he leído muchas opiniones. Creo firmemente que una de las funciones de los docentes es la de transferencia, con independencia de los incentivos que se tengan para realizarla. Y me refiero no sólo a la transferencia a las empresas y al sector productivo (cada día más demandada), sino a la transferencia correcta y de calidad de las investigaciones que uno ha acometido. Estoy notando (y me incluyo en el saco) que los artículos de investigación son cada vez más densos, difíciles de leer, con abundancia de acrónimos, jerga especializada e incluso con una volubilidad indeseada en cuanto al significado de términos ya aceptados por la ciencia. Es decir, un artículo no va a ser mejor porque se invente “palabros”, porque le ponga un prefijo “co” a un verbo o sustantivo a algo ya utilizado de forma masiva. No se debe equiparar transversalidad en la ciencia con confusión a la hora de expresar las ideas.  En definitiva, se debe recuperar una mayor calidad en los trabajos de investigación, y no me refiero a calidad científica, sino a cómo se expresan las ideas. Se le debe facilitar la compresión del trabajo realizado al lector potencial, y las instituciones deberían incentivar y premiar a aquellos que lo logren. Y hablo de incentivar y premiar porque la digamos “buena escritura científica” constituye, en términos económicos, una externalidad positiva que los investigadores proporcionan a la sociedad, a otros colegas científicos, etc., y que estos autores no pueden capturar. Por cierto, de este indicador casi nadie habla y debería ser incluido en el debate de cómo mejorar las exigencias en la carrera investigadora.

Finalmente, estamos ante un momento de cambios legislativos (nueva ley de Universidades, reglamentos que la desarrollan, etc.), pero no voy a entrar a valorar estas propuestas, ni incidir en aspectos relacionados presentes en entradas anteriores de este blog. Aquellos que hayan leído esas nuevas normas pueden responder si ayudan a corregir las situaciones arriba expresadas que consideren mejorables.

sólo a la ANECA.

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