Gestión forestal sostenible e inteligente

En los últimos años, se han publicado varios artículos sobre un tipo de gestión forestal que, partiendo del axioma de la sostenibilidad, presenta una mayor sensibilidad hacia aspectos relacionados con la mitigación y la adaptación al cambio climático. La expresión en inglés se denomina “climate-smart forestry” y, aunque no he visto una definición unánimemente aceptada, sí que se puede resumir en los atributos arriba mencionados. Esta idea no es exclusiva del ámbito forestal, y de hecho se ha trasladado este concepto desde la agricultura, aunque también está presente en otros ámbitos como el de la conservación de la biodiversidad. Es decir, se trata de integrar aspectos clave relacionados con la lucha contra el cambio climático en la gestión de diferentes sistemas, sin olvidarse en el caso forestal de sublimar la aportación que los bosques realizan a la sociedad a través de múltiples servicios ecosistémicos.

Resulta positivo que la gestión forestal sea sensible a nuevas demandas de la sociedad, como pueden ser los ámbitos de mitigación y adaptación al cambio climático, pero algunas aristas de este nuevo planteamiento ofrecen dudas más que razonables. Así, retoma aspectos que estaban en el olvido durante los últimos años y, por otro lado, puede inducir confusión a la hora de abordar una gestión forestal sostenible. Entrando en detalle, se está volviendo a reivindicar un concepto muy manido a finales del siglo pasado como es el manejo forestal adaptable o adaptado (“adaptive forest management”), que, a priori, encaja bien con la idea de adaptación al cambio climático. Sin embargo, siempre me ha chocado esta noción porque creo que hoy en día cualquier documento de gestión forestal se cambia o se puede potencialmente modificar continuamente en las siguientes revisiones. Dicho de otra forma, si se vincula a una planificación estratégica, creo que hoy en día la rigidez no es tan conspicua como décadas atrás. Que yo sepa, no existen estadísticas al respecto, pero me resulta muy común observar cómo, en muchos montes ordenados después de un Plan Especial se modifica el método de ordenación, así como otras decisiones básicas. Es decir, la gestión forestal hoy en día en muchas masas forestales es lo suficientemente dinámica como para que se pueda considerar como adaptable per se.

Por otro lado, esta idea de gestión forestal inteligente se vincula a algo ya intrínseco a la gestión forestal: su sostenibilidad. Ello no parecen avance muy descollante, pero algunos autores han elegido la lista de criterios e indicadores de gestión forestal sostenible (por cierto, bastante olvidada en diversos ámbitos) y en algunos casos se han dedicado a añadir un grupo de indicadores específicos, a veces orientados a ciertas variables dasométricas (esbeltez, características de la copa), al tipo de manejo o de selvicultura aplicada, a las cadenas de valor locales, o a la inclusión de otros aspectos específicos que pueden tener un cierto interés local. Sin embargo, me ha llamado mucho la atención que en algunas publicaciones se haya prescindido directamente de cualquier indicador cuantitativo de gestión forestal sostenible asociado a una naturaleza económica (rentabilidad, inversiones, etc.) y que se incluyen en el sexto epígrafe dentro del citado conjunto de criterios de gestión forestal sostenible europeos. Esta ausencia deliberada constituye un ataque a la idea de sostenibilidad, como ya he comentado en alguna otra ocasión, y no me parece por ello una propuesta muy astuta. No obstante, en otros trabajos se aborda la componente económica que debe estar presente en esta nueva gestión forestal inteligente con gran rigor.

En resumen, creo que la idea de incorporar objetivos (o formas de incentivarlos) relacionados con la captura de carbono u otras alteraciones climáticas puede ser positivo para mejorar la gestión forestal y acercarla a ciertas demandas de la sociedad. En este contexto, también resulta atractiva la propuesta de enfatizar más la importancia de las cadenas de valor asociados a los productos forestales además de reducir emisiones de gases de efecto invernadero. Todo ello sin olvidar aspectos como la resiliencia de las masas ante diferentes escenarios de cambio climático. En definitiva, para cuantificar y caracterizar dichos objetivos habría que prestar más atención a variables como la captura de carbono (tanto flujo como stock), medidas de biodiversidad más exhaustivas, cuantificación de la madera muerta, de árboles extramaduros, así como de indicadores sobre cierta susceptibilidad a posibles daños bióticos o abióticos. Estos son sólo ejemplos, y seguro que se podría afinar mucho más esta relación.

Llegados a este punto, nos podríamos preguntar cómo articular estos principios en España, pero desde las instituciones no aparecen estímulos al respecto. Así, el Plan Nacional de Adaptación desdeña la bioeconomía forestal, y, que yo sepa, no existe un Plan Nacional de Mitigación (esta parece que se circunscribe a los proyectos de absorción de CO2, o lo que es lo mismo, no tiene influencia en masas anteriores a 2013). Tampoco existe una estrategia forestal que marque unas líneas maestras de gestión forestal incluyendo los nuevos retos climáticos y, tal vez, alguna de las ideas arriba planteadas. Que cada uno saque sus propias conclusiones, pero si se acepta que no se difundan estadísticas sobre la contribución espacial de las diferentes especies forestales que mitigan el 13,6% de las emisiones totales de los gases de efecto invernadero en España, dichas omisiones no resultan muy extrañas.

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