Ya está el campo sin gente, los montes apagados y el camino desierto. Federico García Lorca, Libro de Poemas
Existe una distinción básica cuando hablamos de recursos naturales. Por un lado estarían los recursos renovables (sistemas forestales, recursos pesqueros, acuíferos que se recargan periódicamente, etc.), cuyos stocks pueden crecer en el tiempo, mientras que por otro se situarían los recursos no renovables, aquellos que cuyos stocks se consideran fijos al no renovarse en plazos relevantes para la toma de decisiones humanas, siendo el ejemplo más claro los recursos minerales y energéticos (petróleo, gas, carbón, agua fósil, etc.). Los primeros forman parte de lo que se conoce como bioeconomía, mientras que la gestión de recursos no renovables nunca entraría en esta categoría. Como es bien sabido, ambos grupos forman parte de lo que se considera el capital natural. Además, su transformación (tanto de los recursos renovables como los no renovables) podrían incluirse bajo el paraguas de la economía circular si cumplen determinados requisitos.

Desde un punto de vista de justicia intergeneracional ambos tipos de recursos deben gestionarse de diferente manera, dado que no podría no ser aceptable, por ejemplo, agotar en pocos lustros los recursos no renovables. Únicamente, y bajo ciertas hipótesis, se podría admitir acompañar el agotamiento de un recurso con la creación de otras formas de capital que compensen esa pérdida. Este agotamiento es un mantra favorito en muchas noticias (“se estima que las reservas de petróleo durarán hasta el año…”), pero nunca se tienen en cuenta en estas predicciones aspectos económicos clave: por un lado el cambio tecnológico y, por otro, el coste marginal de extraer una unidad adicional. Simultáneamente tampoco se profundiza en lo que en muchos libros de economía ambiental se denomina “agotamiento asintótico”: el recurso no renovable extraído se reduce cada vez más, pero nunca llega a agotarse. Pero, con independencia de estas cuestiones, se debería fomentar modificar el consumo de estos recursos no renovables por otros renovables, y eso se consigue con innovación, o, lo que es lo mismo, con capital humano que permita conservar mejor el capital natural. En definitiva, la solución tampoco radica en obligar inmediatamente a un consumo nulo de estos recursos no renovables. Por otro lado, la idea de sustituir recursos no renovables por renovables no sólo surge al prever un agotamiento en el futuro, sino también de los impactos ambientales negativos a veces vinculados al uso de recursos no renovables (contaminación, etc.).
Los sistemas forestales, como es ampliamente reconocido, se basan en un recurso renovable, pero con una particularidad relevante frente a otros: proporcionan diferentes servicios ecosistémicos a la sociedad, diferentes de los de provisión. Cuando se hace este tipo de afirmaciones relacionadas con la tipología del recurso, habitualmente se piensa en un determinado output (la madera), y como todo recurso renovable debe gestionarse de acuerdo con unos criterios muy bien explicados en la literatura, tanto forestal como económica, con el fin de lograr su sostenibilidad en el futuro. Ello implica que los beneficios de esa gestión deben materializarse en un lapso temporal determinado (el problema del turno forestal óptimo) porque su aplazamiento puede provocar la pérdida de, al menos, parte de los beneficios previstos. Sin embargo, esta afirmación genérica esconde diversas realidades que deben ser expuestas. La primera, como en todo análisis forestal, es definir el punto de partida. No es lo mismo una plantación forestal que un bosque primario. Y menciono el caso de un bosque primario, no porque no exista en España esa figura (aunque algunos no quieran admitir esta realidad), sino porque desde hace décadas existe mucha preocupación por la gestión de las selvas tropicales. Esta preocupación ha conducido a considerarlas como un recurso no renovable (a pesar de ser un sistema forestal), bien debido a que los turnos en bosques primarios pueden abarcar varios siglos, o al miedo a una extinción rápida de estos biomas por los incentivos que existían para aprovecharlos. Además, estos horizontes temporales tan dilatados se ajustan a la definición anteriormente proporcionada para un recurso no renovable. Por otro lado, el cambio de recurso renovable a no renovable se produce cuando, durante un lapso considerable, los sistemas forestales se aprovechan a un ritmo muy superior al de su regeneración. Aquí conviene recordar que está profusamente demostrado (desde el casi centenario artículo de Hotelling) que la gestión óptima de un recurso no renovable no es la no gestión. Es decir, en este caso de un bosque tropical, la prohibición total e indiscriminada de cortar árboles no es la solución (pensando sólo en la producción de madera). Existen desde hace años estudios donde se muestra que con conocimiento (gestión forestal) se logra una sostenibilidad en el aprovechamiento del recurso. Una aplicación práctica de este conocimiento se puede apreciar en montes públicos de la Amazonía brasileña, que con una gestión muy activa consiguen garantizar la supervivencia de estos sistemas, compatibilizando la extracción de un porcentaje (pequeño) de la masa.
Sirva este ejemplo para señalar que, en ocasiones, la línea que divide un recurso renovable de otro no renovable puede ser muy tenue. Un ejemplo muy claro sería la explotación de la ballena azul (se ha convertido, al menos durante un tiempo, en un recurso no renovable) y, sin disponer de toda la información, creo que hoy en día las angulas pueden entrar en esta categoría. Es decir, que si se habla de servicios ecosistémicos como la conservación de la biodiversidad, aparece una realidad: ¿cuál es el umbral crítico para una determinada especie? Dejando a un lado problemas técnicos para la determinación de dicho umbral y aspectos relacionados con la aversión al riesgo, como es fácil pensar, por encima de dicho umbral, una especie puede clasificarse como un bien público renovable, pero por debajo del mismo se convierte en no renovable y estaría condenada a la extinción si no se modifica su gestión. Y, llegados a este punto, conviene aclarar que, si se pudiera conceptualizar de forma sencilla, la cantidad óptima de biodiversidad no se debe vincular, como afirman algunos, al nivel previo existente antes de que apareciera el ser humano. En el caso de los montes españoles esta idea se aprecia comprobando que, como se ha comentado, no queda masa forestal anterior a ese período. En definitiva, ese hipotético punto de referencia no tiene nada de óptimo. La disyuntiva no sería decidir si se explota un recurso natural o no, sino buscar la tasa óptima según la cual se debe manejar, bien sea un recurso renovable o un recurso no renovable. Por otro lado, aún considerando que un monte maduro en España fuese un recurso no renovable, si pensamos sólo en términos de producción de madera, la misión del gestor sería analizar cómo podría sustituir ese recurso no renovable por la regeneración de ese tipo de masa forestal en otras zonas (de forma natural o artificial) con el fin de sustituir ese hipotético recurso no renovable por otro recurso renovable.
Como se ha comprobado en los párrafos anteriores, la otra realidad a la que me refiero cuando se habla de recursos renovables o no renovables en el ámbito forestal radica en la multifuncionalidad asociada a los mismos o, si se quiere, al amplio conjunto de servicios ecosistémicos que proveen. Volviendo al ejemplo de un bosque primario, una propuesta de gestión pudiera ser abordarlos como otro recurso no renovable, siguiendo la regla de Hotelling. Sin embargo, estas masas ofrecen otros servicios ecosistémicos (de regulación, culturales, etc.) incompatibles, por ejemplo, con una corta a hecho, aún sin tener la mayoría de las veces datos sobre los valores asociados. Incluso si pensamos en términos más agregados (un determinado ecosistema natural como una marisma, un manglar, o un lago), se pueden considerar como un recurso no renovable pero que proporcionan servicios ecosistémicos renovables cada año. De hecho en manuales de ESG se consideran los ecosistemas como recursos no renovables. Pero, con independencia de su superficie, para cualquier recurso natural, lo óptimo será conservarlo sólo si se espera que el valor de dicho recurso conservado crezca a un ritmo al menos igual al rendimiento de dicho recurso cuando se convierte en otra alternativa. Las ideas económicas sobre los recursos no renovables (extensivas a los renovables) concluyen que las decisiones de conservación dependen del valor de los recursos y de cómo se espera que ese valor cambie con el tiempo.

Todo ello implica que no todos los recursos asociados a un bosque sean sólo renovables, y la gestión debería tener en cuenta esta circunstancia. Un ejemplo muy claro lo constituye un elemento imprescindible para el crecimiento de cualquier masa forestal: el suelo. Como bien es sabido, constituye un recurso no renovable, ya que se forma a lo largo de tiempos que escapan a cualquier consideración estratégica. Considerar el suelo en la toma de decisiones implica que, simultáneamente el gestor debe pensar en recursos renovables y no renovables (y no digo que el suelo sea el único recurso no renovable), y decidir en consecuencia. En una situación ideal, ello implicaría, a la hora de tomar la mejor decisión, conocer los valores (y costes asociados) de cada servicio ecosistémico. Un ejemplo al respecto serían las alternativas que se proponen posteriores a un incendio forestal. Es frecuente que aparezca cierta polémica sobre qué hacer con la madera dañada por el fuego y que queda en pie. Este problema (“salvage logging” en el mundo anglosajón) claramente no es monocriterio, pero me llama la atención que nunca he percibido que se aporten valoraciones económicas del suelo que se pierde asociado a cada alternativa que se plantean para abordar este problema. Es decir, y centrándonos sólo en dos servicios ecosistémicos, ¿vale más la madera dañada que se extrae que, potencialmente, el suelo que se puede perder?
Todo lo aquí expuesto indica la importancia de incorporar en la toma de decisiones conocimientos de economía forestal, así como la necesidad de disponer de valoraciones adecuadas de los servicios ecosistémicos asociados a una determinada masa forestal. Los trade-offs existentes entre los diferentes recursos (renovables y no renovables), así como las preferencias de los propietarios y demás stakeholders darán pistas de cuál sería la mejor decisión en cada caso. Y, a largo plazo, esta forma de actuar se convertirá en una suerte de círculo virtuoso en el sentido que la evolución de la gestión forestal teniendo en cuenta estas premisas impulsará nuevos modelos y técnicas en estas disciplinas. Por último, me atrevería a decir que dicha decisión óptima no vendrá nunca ni desde una imposición externa, intransigente y habitualmente ágrafa, ni la aplicación de un corta y pega de otro sistema forestal que se considere similar al caso de estudio.



