Variables flujo y stock

Aunque desde una óptica económica una de las nociones básicas que primero se introducen es la distinción entre una variable flujo y una variable stock, en el ámbito forestal se observa cómo existen dudas en cuanto a su aplicación. Efectuando un somero repaso de diferentes bienes y servicios asociados a los ecosistemas forestales, pretendo ilustrar estos conceptos para, a continuación, destacar su reciente utilidad en distintos ámbitos. Comenzando por la madera, parece claro que el stock de madera en un monte serían las existencias acumuladas en el mismo. Una variable flujo asociada a este servicio ecosistémico de provisión serían las cortas que se realizan cada año, es decir, la posibilidad que se intenta ejecutar según lo dispuesto en el documento dasocrático vinculado a la gestión de dicho monte. Conviene tener claro que, por ejemplo, si se realiza una valoración de ese predio forestal, habitualmente se tiene en cuenta la previsión de cortas anual en el futuro y el correspondiente valor actual neto asociado a los flujos de caja previstos. Salvo que se haya producido una calamidad (incendio, plaga) que haya conducido a la eliminación de la cubierta forestal, no se utilizarán variables stock. Este mismo razonamiento se puede aplicar a los productos forestales no madereros, llegándose al extremo que, en ocasiones, el stock total de algunos bienes no se conoce con exactitud (p.ej., la producción fúngica que se puede comercializar).

Sin embargo, para otros servicios ecosistémicos que proporcionan los sistemas forestales, esta distinción a veces no resulta tan clara. Un ejemplo sería el servicio de regulación asociado a la captura de carbono que realizan las masas forestales. Resulta evidente que cuantos más años crezca una masa y menos cortas y perturbaciones sufra, el stock de carbono seguirá incrementándose año a año hasta que alcance un estadio de madurez. No obstante, a nivel internacional, el carbono se mide anualmente como la diferencia entre el incremento que se ha producido menos las salidas del sistema, convirtiéndose en una variable flujo. Si pasamos a algún servicio ecosistémico cultural, como pueden ser los recreativos, la dificultad pasa a definir cuál sería el stock recreativo de una determinada masa forestal (p.ej., ¿crece monótonamente con el tiempo?). El flujo recreativo puede moldearse por el gestor o por el propietario, pero esto nos lleva a un aspecto importante y que muchas veces se olvida: puede existir un flujo de servicios ecosistémicos potencial (aunque muchas veces no se disponga ni de indicadores fiables para algunos de ellos), pero, simultáneamente, existirá una demanda para los mismos. Si la demanda supera la oferta para algún servicio, se producirá una sobreexplotación de los recursos. 

El ejemplo que acabo de citar muestra que la introducción de la actividad humana en el análisis conlleva que éste sea aún más complejo. No se debe olvidar nunca que estamos hablando de unos recursos (generalmente) renovables caracterizados por unas dinámicas internas complejas, que de forma dinámica (tanto espacial como temporalmente) se modifica tanto el stock como el flujo de los servicios ecosistémicos asociados a los sistemas forestales y que el hombre, con la gestión que realiza, también puede influir en procesos que afectan a escalas espaciales y temporales. Por todo ello se ha estimado conveniente establecer unos mecanismos para medir los cambios anuales en el flujo de servicios, y que están asociados al stock global, conocido como capital natural. Un ejemplo de dichos mecanismos serían las cuentas ambientales, calculadas anualmente. En estas cuentas, para calcular el valor de ciertos servicios ecosistémicos hay que acudir a la idea de valor actual neto, lo que implica fijar una tasa de descuento determinada. Con todo ello, si pretendemos calcular el valor de un determinado ecosistema como la suma de los valores actuales netos de los distintos servicios ecosistémicos (suponiendo que todos ellos tienen el mismo peso), el valor total puede anualmente aumentar o descender en función tanto de características endógenas, o en función de cómo se definan dichos servicios. Utilizando esta metodología no significa que se priorice la madera sobre otros servicios ecosistémicos. Un estudio reciente en plantaciones neozelandesas muestra que la contabilidad anual de otros servicios no maderables supera en cuatro veces el valor de la madera.

Por otro lado, se puede prohibir el consumo de cierto servicio ecosistémico (p.ej., en caso de sobreexplotación), pero lo que no se suele hacer es justificarlo a priori con razonamientos económicos. Un ejemplo reciente lo tenemos con la desafortunada disposición que prohíbe la caza del lobo. El comité que lo justificó no estaba compuesto por científicos que tengan una visión holística de todos los servicios ecosistémicos, y decidió que era más importante aumentar (aparentemente sin límite) el stock del servicio ecosistémico asociado al valor de esta especie salvaje despreciando no sólo el flujo vinculado al servicio de provisión cinegético, sino obviando las interacciones con otros servicios ecosistémicos. Y todo ello sin justificar económicamente esta decisión. En definitiva, la consideración y cuantificación económica de las variables flujo y stock de cada uno de los servicios presentes en un sistema forestal proporcionarán argumentos para definir y cuantificar los trade-off existentes entre ellos, pero lo que no debe ocurrir es que esos trade-offs vengan impuestos por razones peregrinas, apoyadas por criterios espurios y por gente alejada del rural que se arroga derechos que no tiene a la hora de priorizar un servicio ecosistémico sobre otro. Dicho de otra forma, la no gestión que se propugna en muchos ámbitos acientíficos no tiene que ser siempre objetivamente lo mejor, por mucho que lo propongan peregrinos procedentes de exóticas urbes que intentan imponer sus preferencias sobre cualquier persona que no opine como ellos, aunque ésta se dedique a conservar los sistemas forestales que tanto dicen respetar.

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